Conversaciones con un pederasta

Me permito compartirte este Manual para prevenir la pedofilia a través del diálogo entre una sobreviviente y un pederasta, escrito por Any Hammel Zabin.

Sinopsis: ¿Qué motiva a los pederastas? ¿Qué les impulsa a seducir de niños y abusar de ellos una y otra vez, incluso a lo largo de varios años? ¿Cómo piensan? Y lo más importante, ¿por qué lo hacen? El relato en primera persona de Alan, agresor homosexual que abusó de unos mil niños, estremecerá al lector por su crudeza y sinceridad: aporta datos sobre el patrón que seguía, sus fantasías, su estrategia. Mediante una serie de cartas a la doctora Amy, una terapeuta que también sufrió los abusos de su abuelo y su padre en la infancia, Alan, que pasará el resto de su vida en prisión, contará cómo piensa y actúa la mente de un pederasta y nos mostrará que cualquier lugar, nuestras escuelas e incluso nuestras casas, se puede convertir en el sitio más inseguro para nuestros hijos. Un libro necesario para poder «comprender» y desentrañar el modus operandi de los peores violadores, al tiempo que nos ayudará, con estrategias y consejos dirigidos a los padres, a ayudar a los niños a no convertirse en víctimas. Un texto que arroja luz sobre un problema que afecta a tantos menores en todo el mundo.

NOTA: No está demás ADVERTIR que el contenido puede ser muy impactante.

Recordá cuidarte y estar alerta a las señales de tu cuerpo, si algo te indica que lo que estás leyendo es muy fuerte para procesarlo hace una pausa. No te autoagredas. Si necesitas parar hacelo. Personalmente el libro me aporto mucho desde lo racional y mi tesis inicialmente era un estudio de los abusadores sexuales fue indispensable tragarme todo esto, sin embargo me cargó la manera CRUEL cómo el abusador se expresa.

PRESENTACIÓN DE ALAN

Fui el menor de tres hijos nacidos en el seno de una familia trabajadora de clase media. Mis padres intentaron ofrecer todo lo que consideraron que la familia que iba en aumento necesitaba. En muchos sentidos fui un muchacho afortunado, porque nunca me faltó nada material ni sufrí ningún tipo de abuso físico.

Si bien mis necesidades físicas estaban bien cubiertas, mi familia funcionaba de forma muy fría, distante y formal. Nuestra casa estaba llena de personas considerablemente brillantes, pero la comunicación entre nosotros era más un ejercicio de inteligencia y educación que un intercambio verdadero de sentimientos, experiencias y preocupaciones. A una edad muy temprana, aprendimos que cada uno era el encargado de solucionar sus problemas y en realidad parecíamos más una colección de individuos, cada uno inmerso en su particular lucha por sobrevivir, que una unidad familiar.

Toda la familia giraba en torno a un único eje: mi padre. Nunca cabía la menor duda de que era el cabeza de familia y su personalidad, gustos, manías, temores, prejuicios e inseguridades formaban el núcleo de nuestra existencia. Mis padres eran personas muy trabajadoras que por razones personales parecían incapaces o poco predispuestos a mostrar sentimiento alguno que no fuera entre ellos dos. Juntos daban la impresión de haber formado una personalidad miica y nunca se arriesgaban a que otra persona se acercara demasiado a ellos. Eran buenas personas pero estaban obsesionados por mantener el mundo a raya.

A edad muy temprana recuerdo haberlos visto participar en actividades sociales fuera de casa, pero con el paso del tiempo fueron apartándose de todos y de todo. Como consecuencia recibíamos muy pocas visitas y no era el tipo de entorno al que uno habría querido traer a sus amigos. Si recuerdo esa época veo a mis padres como salidos de la era victoriana, fuera de lugar en un mundo en proceso de cambio. Consideraban que si uno llevaba una vida educada y totalmente formal, se podía vivir sin implicarse emocional-mente.

A los seis o siete años, la edad de la que tengo mis primeros recuerdos verdaderos, era un niño confundido, asustado. Nada de lo que me rodeaba tenía demasiado sentido y nadie de mi entorno parecía dispuesto a darme explicaciones al respecto. En aquel entorno frío, poco comunicativo e impersonal, tenía la impresión de que yo era el único que no comprendía las cosas.

Siempre hacía algo que infringía alguna regla familiar sobrentendida. En mi casa se esperaba que conociéramos las respuestas y nos enseñaron, desde bien pequeños, que si no las sabíamos era cosa nuestra averiguarlas. Cuando metía la pata, algo bastante habitual, la reacción con la que me en-contraba era de asombro por ser tan inútil, seguida de algún comentario del tipo «¡Realmente tendrías que haberlo sabido!».

Una de las primeras lecciones que me enseñó mi padre fue que los «triunfadores» nunca muestran sus emociones. Recuerdo con claridad cómo me insistía: «Si permites que otras personas vean tus emociones, les habrás dado un arma que usar en tu contra». En el mundo de mi padre estaba bien sentir algo, pero consideraba un grave y peligroso error permitir que otra persona detectara esos sentimientos. En retrospectiva creo que mi padre intentaba convertir en estilo de vida para su familia una conducta que le funcionaba en el ámbito empresarial.

Las muestras de afecto eran inexistentes y no recuerdo que mi padre ni mi madre nos besaran o abrazaran. Mientras reflexiono sobre esta etapa de mi vida, la sensación que me embarga es la de sentirme en un vacío frío e insensible en todo momento, rodeado de desconocidos que, al parecer, deseaban seguir siéndolo. Vivía en un entorno en el que me sentía tonto y fuera de lugar; me sentía «diferente» a las personas que me rodeaban.

Cuando empecé a ir a la escuela, la vida se tomó aún más confusa. Aquellas personas nuevas, mis compañeros de clase y los maestros, no se parecían en nada a las de mi casa. Era un mundo de ruidos, emociones y enfrentamientos directos, y yo carecía de experiencia en todo aquello. En casa nada se abordaba de forma directa. Todos nos escabullíamos por el margen de las cosas en un esfuerzo consciente por no «inmiscuimos» en «los asuntos de los demás».

En el colegio las normas eran totalmente distintas. Pasé esos primeros años aturdido en una especie de limbo. Si en el colegio me comportaba como me habían enseñado en casa, no encajaba; y si trataba de comportarme como lo hacía la gente del colegio al llegar a casa, rápidamente me ponían en mi sitio.

Nada de aquello tenía sentido para mí y lo único que aprendí es que no parecía encajar en ningún lugar. Pasé el resto de mis años escolares yendo y viniendo entre estos dos entornos tan radicalmente distintos, sintiéndome como un extraño en ambos.

Poco después de empezar a ir al colegio descubrí la mas-turbación. Aunque veía a todos los que me rodeaban distintos a mí, disfrutaba compartiendo ese placer con otro niño. Al poco tiempo inicié mis intentos burdos por exteriorizar mis tendencias. Por aquel entonces debía de tener siete u ocho años y casi de inmediato me pillaron practicando juegos sexuales con un niño que era un par de años menor que yo. La reacción emocional de mi madre ante este incidente (algo que describiré de forma más detallada cuando trate el tema del secretismo) me impactó sobremanera. Se quedó horrorizada.

Por primera y única vez en mi vida la vi exaltada y fuera de control. Me arrastró al cuarto de baño e intentó «restregar» la suciedad mientras gritaba: «Sólo las personas retorcidas, enfermas y malvadas hacen cosas así!». (Debería señalar que el «delito» en cuestión se reducía a caricias mutuas.) Su mayor preocupación, algo que no dejaba de repetir como una histérica, era evitar que mi padre supiera que yo estaba «enfermo».

Llegados a ese punto decidió castigarme de forma un tanto extraña. Me castigó, pero insistió en que le dijéramos a mi padre que era por haber hecho otra cosa. Me dijo que si revelaba el motivo verdadero del castigo, las consecuencias serían mucho, mucho peores. Desde el momento en que salí del cuarto de baño, la relación entre los dos, mi madre y yo, se convirtió en una confrontación. Pasó a ser mi enemiga, una persona que compartía una parte de un secreto oscuro y que me observaba constantemente para ver si encontraba otros indicios de mi «diferencia».

Mientras yacía en la cama aquella noche, masturbándome y fantaseando como siempre, me di cuenta de algo que nunca antes se me había ocurrido. Me figuré que si sólo las personas enfermas y malvadas disfrutaban masturbándose, y a mí me encantaba, entonces sin duda era un ser enfermo y malvado. En mi mente infantil, la lógica parecía perfecta; la razón por la que no encajaba en ningún entorno era que no era como ellos.., era diferente.

Hago aquí un inciso para añadir lo que considero que es una observación importante. Si alguien llega a la conclusión precipitada de que lo que he explicado hasta el momento «me convirtió» en pederasta, esa persona se equivoca. Lo que he intentado describir pone de manifiesto cómo empecé a sentirme «diferente» de los demás, un aspecto de mi personalidad en desarrollo que más adelante utilizaría como justificación para mis actos. Pero estas mismas circunstancias pueden darse en otra persona sin que ésta acabe siendo un pederasta.

Considero que existen multitud de factores que me llevaron a poner en práctica mis tendencias y que los que he mencionado aquí sólo ponen de manifiesto cuán temprano me consideré «especial».

Mis padres hicieron todo lo que consideraron correcto para educar a sus hijos. Aunque me gustaría que hubieran hecho algunas cosas de modo distinto, estoy convencido de que siempre se comportaron siguiendo lo que creían más conveniente para la familia.

Debo reconocer que no siempre he tenido esta opinión sobre mis padres. Durante mucho tiempo, me desagradaron profundamente y los odié por lo que creía que «me habían hecho». Sin embargo, al recordar ese período me doy cuenta de que esa postura no era más que una forma de mantenerme en el papel de víctima.

Si bien otras personas y las circunstancias han desempeñado un papel importante en mi desarrollo, fui yo quien unió todas las piezas de forma que me beneficiaran al máximo. Incluso en esta etapa tan temprana de mi vida, era una persona muy asustada. No me gustaba tratar con otras personas porque no las comprendía y siempre temía que me rechazaran o hirieran.

Antes de que me pillaran exteriorizando mis tendencias, me sentía diferente pero no comprendía por qué. Después, sin embargo, me proporcionaron una forma de justificar todos mis fracasos, defectos, temores y frustraciones, era un callejón sin salida. Al fin y al cabo, no me comportaba corno «los demás», «era diferente». Yo era un niño y empecé a construir mi identidad no sólo en torno a un sentimiento de diferencia, también me veía como víctima.
En vez de enfrentarme a la realidad de mi situación, con-vertí el objeto de mi deseo en algo que afirmaba detestar.

La brecha mental que existía entre «mi» mundo y «su» mundo era con el paso de los años cada vez mayor, al igual que el tiempo que dedicaba a fantasear y exteriorizar mis tendencias. Aquella sensación creciente de ser diferente de los demás se convirtió en mi única identidad. Utilicé mi actitud victimista recién creada como herramienta para justificar mis pensamientos o acciones.

Me veía como una persona que «sin ser culpa suya» se veía privada de una vida «normal». Y mientras me convencía de que la suerte me había dado la espalda, me consideraba autorizado para hacer lo que me viniera en gana. No acataba sus normas, ¿por qué iba a hacerlo? Nunca se me permitió «entrar en el juego». Si quería obligar a algún niño más pequeño a mantener relaciones sexuales, ¿por qué no iba a hacerlo? Al fin y al cabo, yo era la víctima, no él. Este victimismo autoinducido e interesado me permitía hacer lo que deseara sin el menor atisbo de culpa, vergüenza, responsabilidad o remordimiento.

Al llegar a la adolescencia supe que era un cobarde. Mis compañeros y los mayores me atemorizaban en todo momento, pero de nuevo mi sensación de «diferencia» me permitía justificar mis defectos. Lo único que tenía que hacer era recordar que era bastante natural que una persona temiera a quienes eran diferentes a ella y, una vez recordado, me sentía plenamente justificado tanto con respecto a mis temores como a mis actos. Aunque me sentía vulnerable e incapaz en el mundo que me rodeaba, siempre tenía la posibilidad de compensar tales sentimientos poniendo en práctica mis tendencias. En cualquier momento podía sentirme más fuerte y más al mando de mi vida obligando a alguien más vulnerable a que se sometiera a mis deseos.

Este aspecto de la vida parecía ser el único ámbito que yo podía controlar y la única actividad que me proporcionaba una sensación de placer, de poder y de retorcida aceptación. La fantasía y el abuso sexuales se convirtieron en la panacea. Lo sexualicé todo en la vida y exterioricé mis frustraciones y sentimientos contenidos con métodos sexuales agresivos, aprovechándome de víctimas más vulnerables.

Durante ese período de mi desarrollo empecé a identificarme por completo con mi enfermedad. No me veía como una persona cuyos impulsos y deseos sexuales difiriesen de los de quienes me rodeaban, sino antes como un ser total e irrevocablemente distinto a los demás. No veía el sexo como parte de la vida, sino como el único motor de mi existencia.

Y, dado que mi atención giraba cada vez más alrededor de mi diferencia sexual, la brecha mental que consideraba que existía entre mi persona y los demás no hacía más que aumentar. Durante mi adolescencia y a partir de entonces, creí no tener nada en común con los demás. Independientemente de con quién estuviera, me sentía solo, a la defensiva y diferente. Todas las actividades, todas las relaciones e incluso todas las conversaciones se veían afectadas por mi sentido de diferencia y la obsesión creciente por mantener en secreto esa diferencia oculta.

Por supuesto que este punto de vista era una distorsión total de la realidad, una serie de defensas y justificaciones autoinducidas e interesadas provocadas por mis temores. Pero a un joven aterrorizado, cobarde y paranoico todo le parecía muy, pero que muy real. Además, como lo consideraba una realidad, se convirtió en tal. Me aterré a la sensación de diferencia porque me asustaba demasiado enfrentarme a la realidad de que no lo era. Me construí una realidad alternativa para así evitar asumir la responsabilidad de mis inseguridades, temores y defectos de carácter.

Comprender la importancia de la ausencia de comunicación me fue difícil debido al hecho de que se tratara de un proceso tan increíblemente sutil. Si bien la interrupción de relaciones reales con el resto del mundo pudo estar ocasionada por un trauma emocional fuerte, se produjo a edad tan temprana y de forma tan completa que siempre lo consideré «natural», un elemento más de mi «diferencia» con respecto al resto del mundo. Me retraje antes de comprender realmente que me estaba retrayendo y luego «me hice adulto» aceptando aquel estado alienado como mi «norma».

Que yo recuerde, no existe un sentimiento más destructivo en la infancia que el horror gélido de sentirse aislado, inepto y solo por completo. En ese estado mudo, alienado, uno se siente totalmente atrapado, perdidamente vulnerable, además de asustado y enfadado a la vez. Cuando un niño ha perdido la capacidad de confiar y comunicarse con los demás, pierde la única fuente de apoyo necesaria para compensar los temores y distorsiones de su pequeño mundo.

Todos nosotros nos enfrentamos a una gran variedad de situaciones e influencias adversas en nuestra vida, pero la mayoría de las personas son lo suficientemente afortunadas de poder confiar en alguien lo suficiente como para «arriesgarse» a transmitir sus temores, sentimientos y confusión. El delicado pero esencial recurso vital que es la comunicación interpersonal nos ofrece un medio para rectificar la confusión de la mente, para plantar cara a nuestros miedos y seguir creciendo. Este acto sencillo, al menos en apariencia, de relacionarse con el mundo que nos rodea de forma directa e igualitaria nos es imprescindible para desarrollar y conservar una identidad estable, sana y positiva.

4
ALAN: MI INFANCIA

Cuando le cuento a otras personas que empecé a exteriorizar mis tendencias sexuales antes de cumplir nueve años y que a los siete o antes ya me masturbaba cada noche, se quedan atónitas. No entienden cómo pude ser sexualmente activo a edad tan temprana. Creo que parte de su sorpresa se basa en el malentendido de lo que realmente sucedía en esa época. Se plantean esa forma temprana de estimulación sexual bajo la perspectiva adulta, mientras que lo que ocurría era algo que no encaja con la definición clásica de sa-tisfacción sexual.

Mis primeros intentos de masturbación eran básicamente actos físicos que me producían placer físico. Que yo recuerde, cuando empecé mis actos no estaban provocados ni acompañados de ningún tipo de pensamiento o fantasía sexual. A los siete años, por ejemplo, no yacía en la cama por la noche imaginando a un niño que me pareciera físicamente atractivo y luego me satisfacía mediante la masturbación. Al principio, mis fantasías eran completamente asexuales; «Jugar conmigo mismo» no era más que un acto físico independiente.

El diccionario Webster define la «fijación» como «apego o preocupación fuertes y a menudo enfermizos». Muchas veces he intentado descubrir a qué edad alcancé ese estado de fijación, pero lo único que recuerdo es el momento en que uní el empleo de fantasías como vía de escape con el uso de la estimulación sexual corno fuente de placer físico. Estoy convencido de que lo hice a una edad muy temprana y que a partir de entonces todo lo demás dejó de parecerme importante o interesante. La mayoría de las personas pensará que mi sexualización de la vida se inició porque fui víctima de abusos sexuales pero lo cierto es que ese no fue mi caso.

Por sorprendente que resulte, empecé a crear mi pequeño mundo distorsionado a edad tan temprana que ni siquiera recuerdo haber tenido la menor sensación de que tenía, podía tener, o deseaba llevar una vida «normal». A los diez u once años, recuerdo con claridad que la gente decía cosas corno «espera a que seas mayor y tengas hijos». Con tranquilidad pero sin vacilación respondía que nunca se daría tal cosa. Los adultos que hacían tales comentarios se reían ante lo que consideraban era mi ingenuidad juvenil, y ni por un momento sospechaban que el niño que tenían delante ya había cerrado la puerta a lo que la mayoría consideraba «normalidad».

En el mundo que había creado, donde me sentía aislado, inepto, asustado y convertido en víctima, había descubierto lo que consideraba era una escapatoria y, en cuanto la descubrí, dediqué todo mi tiempo, atención, energía e in-telecto
a seguir esa vía. En el momento en que relacioné mis fantasías con el impulso sexual que iba desarrollando, empecé a ver el mundo bajo un prisma totalmente diferente. Comencé a ver todo lo que me rodeaba bajo el punto de vista de su posible aplicación y potencial sexuales.

En esencia, empecé a sexualizar mi vida entera. Como todos tenemos intereses distintos en la vida, vemos el mundo que nos rodea adaptándolo a ellos. Cada uno de nosotros, al mirar un mismo objeto físico, lo ve de forma distinta, según cuales sean nuestros intereses especiales.

Sospecho que la cantidad de tiempo que pasamos intentando inventar aplicaciones para un objeto determinado está directamente relacionada con el grado de potencial que le vemos en nuestra área de interés y el grado de obsesión po-tencial que tenemos por ese interés en concreto. Es probable que una persona estable vea un objeto que tiene potencial para uno de sus intereses, capte la idea, la «archive» para usarla con posterioridad y luego pase rápidamente a otra cosa. Es más probable que una persona más obsesiva, de las que tiene pocos intereses en la vida, pase mucho más tiempo intentando que ese objeto encaje en su mundo limitado. Para mí era una mentalidad que se dividía entre el todo o la nada.

O veía o inventaba una utilidad para un objeto dentro de mi mundo unilateral o lo consideraba totalmente inútil. Por ejemplo, a los doce o trece años me regalaron por Navidad un tren eléctrico. En cuanto desenvolví el regalo y vi lo que era, me puse a pensar en cómo podía montarlo en el sótano para atraer a los niños del vecindario y que éstos pasaran el rato allí conmigo. Los trenes eran bonitos, pero sólo aprecié el regalo cuando vi el potencial que me brindaba para alimentar mi perversión.

Juzgando los objetos de este modo, dejaba de lado aque-llas partes de mi vida que no servían para mis intereses sexuales.

Trabajaba de forma activa para apoyar mi visión de la vida como experiencia totalmente sexual. Por desgracia, los objetos inanimados no fueron los únicos que empecé a contemplar de ese modo.

Con el paso del tiempo, comencé a aplicar el mismo tipo de criterio exclusivamente sexual a las actividades en las que decidía participar. Poco a poco, me alejaba del mundo real y dibujaba un círculo cerrado y únicamente sexual a mí al-rededor. Me estaba deshaciendo de todo aquello que no en-cajaba con la vida tal como yo quería verla.

A los catorce años decidí apuntarme a los boy scouts. Obviamente, como adolescente tenía a mi disposición un buen número de actividades escolares, religiosas y sociales, pero aquélla me interesaba de un modo especial. La mayoría de los muchachos que entran en el movimiento de los exploradores tiene diez u once años, edad a la que no me interesaba en absoluto participar en una actividad que me obligaba a relacionarme con niños de mi edad, mayores que yo o adultos. Sin embargo, a los catorce años tenía lo que consideraba una ventaja por cuestión de edad y, aunque algunos niños más pequeños estaban más avanzados como boy scouts, el hecho de que yo ya fuera un adolescente me otorgaba de forma automática un estatus y un elemento de control.

Al apuntarme a los boy scouts a los catorce años tomé la que considero fue la primera decisión consciente de participar
En una actividad por el mero hecho de que me ofrecía víctimas potenciales. No es que de repente dejara todo lo demás y me dedicara de forma exclusiva a ir a la «caza» de niños más pequeños pero sí fue una intensificación definitiva en mi proceso de sexualización.

Los catorce era una edad en la que seguir relacionándo-me con niños significativamente menores que yo llamaba demasiado la atención y levantaba sospechas no deseadas. En cuanto entrara en el instituto, mi acceso inmediato a la reserva de víctimas potenciales que me ofrecía el colegio habría desaparecido y la diferencia de edad entre yo y mis víc-timas era cada vez mayor.

Necesitaba encontrar formas seguras de rodearme de niños de diez y once años. Al igual que muchas tropas de exploradores, la de nuestra pequeña parroquia no recibía de-masiado apoyo de los adultos y el jefe de grupo estaba encantado de tener a un voluntario adolescente que le ayu-dara con los más jóvenes. Esta experiencia fue la que me enseñó la ventaja de resultar útil. Aprendí que mientras ofre-ciera algún servicio a los adultos, no cuestionarían mi presencia allí.

Desempeñar un papel útil como fachada para mis fechorías no fue cosa de una sola ocasión y se convirtió en una táctica que emplearía de forma regular el resto de mi vida. La decisión de hacerme hoy scout fue el primer paso de un proceso que siguió intensificándose hasta que, como adulto, sólo me implicaba en una actividad si consideraba que tenía posibilidades reales de resultar sexualmente gratificante.

Durante aquel período, me preocupé de seguir partici-pando en esas actividades que me ayudaban a mantener mí
imagen de «típico adolescente americano», pero la mayoría me resultaban aburridas o poco satisfactorias. Lo consideraba males necesarios. Asimismo, a los quince o dieciséis años inicié la etapa final de mi conversión de la vida en un estado exclusivamente sexual. El juicio consciente que emitía de las personas se basaba sólo en su valor para alimentar mi perversión. Durante varios años lo había estado haciendo con los niños, pues los consideraba meras entidades sexuales, pero a los quince o dieciséis amplié ese concepto a todo el mundo. Empecé a contemplar a los adultos que me rodeaban en vista de si tenían un hijo del grupo de edad que me interesaba o si tenían alguna relación con una actividad en la que participaran niños de esa edad.

Me es fácil recordar un ejemplo de mi utilización temprana de los adultos como medio para acceder a víctimas. De adolescente quería abusar de mi vecino de diez años. El problema era que era demasiado pequeño para hacerme amigo de él sin levantar sospechas. Necesitaba alguna forma que me permitiera pasar una cantidad de tiempo razonable con él sin que a nadie le extrañara. Aunque esa gente vivía en la casa de al lado, mi familia no se relacionaba con los vecinos.

Empecé a observarlos, a intentar imaginar alguna forma inocente de entablar contacto. Al cabo de poco tiempo, la respuesta me resultó obvia: ¡ser útil! El marido estaba muchas veces de viaje de negocios varios días seguidos y, durante su ausencia, a menudo veía a la mujer esforzándose con tareas manuales por la casa y en el patio. Decidí que la siguiente vez que se me presentara la oportunidad de ayudarla cuando tuviera algún problema, la aprovecharía.

Al poco tiempo el marido se marchó de viaje y la vi en el patio trasero intentando poner en marcha un cortacésped que se le resistía. Le pregunté si necesitaba ayuda y, sin esperar respuesta, me puse manos a la obra. Puse en marcha el cortacésped ahogado y se lo llevé al cobertizo. Ella se quedó encantada y me ofreció una propina, pero me limité a sonreír y decirle: «no ha sido nada». Me marché tras cumplir con mi objetivo. Lo que quería era que le contara a su marido lo muy servicial que había sido el vecino y que él, cuando me viera, me diera las gracias.

Tal y como yo lo imaginaba, si es que él se presentaba ante mí y yo sabía de su llegada con antelación, tendría una ventaja para guiar la conversación; sería el que la controlaría. Y, si por algún motivo no hacía lo que esperaba de él, seguiría siendo útil en pequeñas dosis hasta que se viera obligado a establecer ese contacto. Por la noche, tumbado en mi cama, fantaseaba sobre la reunión inminente. Ideé varios pla-nes para estar a solas con el niño y seguí intentando alcanzar un enfoque infalible. Durante varias noches imaginé todos y cada uno de los aspectos de ese encuentro, pulí los detalles e incluso llegué al punto de diseñar un guión viable.

Me gustaría señalar que aunque terminaba cada uno de los episodios nocturnos de fantasía/planificación masturbán-dome mientras imaginaba que mantenía relaciones sexuales con el niño, la mayor parte de las fantasías no tenían nada que ver con el niño. Me dedicaba plenamente a desarrollar el enfoque inicial.

En cuanto consideré que el plan ya tenía posibilidades de éxito, sólo debía esperar a que el padre diera el primer paso.
Al cabo de una semana más o menos, cuando estaba en el patio trasero cortando hierbajos junto a la valla, el marido se me acercó, me dio las gracias por ser tan considerado con su mujer y me ofreció una propina. También la rechacé diciendo que no había para tanto, que sólo había tenido que invertir un par de minutos para vaciar el cortacésped y luego lo había guardado en su sitio. Entonces le solté la frase que tenía preparada, la que había ensayado con tanto esmero: «Además, sólo cobro por hacer de canguro».
Le sorprendió que hiciera de canguro y en seguida me apresuré a decirle que sólo cuidaba de niños un poco ma-yores, como los de la parroquia o los que estaban en el grupo de hoy scouts. Después de plantar la semilla, me excusé y volví a mi casa.

Sabía que a menudo salía con su mujer los fines de semana, sobre todo cuando había estado de viaje durante la semana. También había visto a varias chicas de la zona que le hacían de canguro. Mi apuesta era que prefiriera contratar a un chico, sobre todo si colaboraba con la parroquia y los hoy scouts, y que le resultaría mucho más cómodo que el canguro fuera un vecino. Lo único que podía hacer era esperar a que la semilla diera sus frutos.
Y los dio. Mientras esperaba a que me llamara para ha-cer de canguro, continué con mis fantasías nocturnas pero ahora me concentré sólo en el niño y me esforcé para urdir un plan que lo colocara en una situación en la que hiciera exactamente lo que yo quería.

Cuento todo esto porque pone de manifiesto que ya al comienzo de la adolescencia veía y utilizaba a los adultos como títeres que me suministraban víctimas. A los catorce años ya me había dado cuenta de que la manipulación, la planificación y la paciencia eran mucho más eficaces que precipitarse y correr riesgos innecesarios. Y, una vez más, valiéndome de mi utilidad, conseguí crear una situación en la que fuera el propio padre quien me invitaba a pasar largos períodos de tiempo con el niño. Básicamente, los padres me entregaban al niño con la finalidad de satisfacer sus propias necesidades, lo cual me liberaba de posibles sospechas.

El propósito de estos ejemplos, el tren, los hoy scouts y el vecino, es ilustrar cómo iba transformando sin pausa toda mi vida en un ejercicio sexual. Como sucede en muchos tipos de escalada, no es que saltara de repente a cada una de estas etapas de un modo obsesivo, sino que fui emprendiéndolas poco a poco. No todas las estrategias planificadas funcionaron de acuerdo con mi fantasía, pero sí las su-ficientes para aumentar el deseo de continuar utilizando dicho enfoque.

Debo señalar de nuevo que no todos los pederastas tienen las mismas experiencias que yo o llevan sus deseos al mismo extremo. Espero que mi vida sirva para dar una idea del funcionamiento general de la mente de un pederasta. Aunque las experiencias individuales varían, considero que los conceptos fundamentales, los factores que participan en la formación del mundo mental distorsionado de un pede-rasta son muy parecidos en la mayoría de los casos.

La sexualización es un proceso de aislamiento. Al centrar prácticamente toda mi atención en alimentar mi per-versión, creé una visión distorsionada de la realidad. Con independencia de cómo lo hagamos, empezamos a ver la
Vida en términos pura o predominantemente sexuales. A fin de apoyar esta imagen que estamos tan desesperados por ver, bloqueamos todo aspecto de la vida que no encaje con nuestros objetivos perversos. No todos los pederastas son capaces de llegar tan lejos para sexualizar su vida como yo, pero todos nosotros nos implicamos en un grado elevado de sexualización.

6
ALAN: MI MUNDO TRASTORNADO DE FANTASÍA

La mayoría de los pederastas con los que he hablado quieren considerar sus fantasías como algo totalmente involuntario, algo sobre lo que no ejercen ningún tipo de control. Siempre escogí pensar de ese modo sobre mis fantasías y me aferré con desesperación a esa idea interesada. Esta forma distorsionada de ver mis fantasías me permitió seguir fantaseando tanto como quise y llevar lo imaginado al colmo de la perversión, al tiempo que me veía como participante renuente en el proceso.

Si hubiera reconocido que mis fantasías no eran más que el producto de mi imaginación, me habría visto obligado a enfrentarme a la cruda realidad: que hacía exactamente lo que me venía en gana y disfrutaba enormemente con ello. A fin de seguir gozando de las «emociones» y de la sensación de huida que me proporcionaban mis fantasías sin tener que aceptar mi responsabilidad, tenía que verlas tal corno había decidido verlo todo en la vida, como algo que escapaba a mi control, algo que me veía «obligado a soportar».

Para muchos pederastas como yo, las fantasías y/o la masturbación son hábitos muy, muy arraigados. Se han convertido en nuestra panacea para abordar todas las situaciones, sentimientos y emociones a los que no queremos en-frentamos. Para muchos de nosotros, la fantasía ha ofrecido una escapatoria mental desde la más tierna infancia y la cos-tumbre de crear un mundo privado de engaño está tan in-veterada que querernos convencernos de que es algo que no podemos controlar de forma activa. Nosotros somos quienes escogemos crear tales fantasías, pero hace tantos años que lo venimos haciendo que prácticamente nos hemos convencido de que se trata de un acto reflejo y no de una decisión consciente. Según mi experiencia personal, doy fe de que la fantasía es un terreno abonado y fértil para la escalada de sus actos (subir la apuesta inicial con el objetivo de conseguir la satisfacción sexual). Poniendo mi propia vida corno ejemplo voy a mostrar cómo mi uso, y dependencia, de la fantasía creció de forma directamente proporcional a mis temores e inseguridades.

Tal como he señalado, los pederastas quieren verse como víctimas para justificar el hecho de que no se ponen límites personales. Esta visión nos permite hacer cualquier cosa sin sensación de culpa o responsabilidad. Para cualquiera que desee perpetuar una idea de sí mismo corno víctima, la fan-tasía resulta una herramienta muy eficaz. Sin embargo, in-cluso al crear sus fantasías, los pederastas intentan encontrar formas de eludir responsabilidades.

Hasta que no intenté plasmar esta historia por escrito no me percaté de que mis fantasías se dividían en dos tipos. Un tipo es el sexual o sádico-sexual por naturaleza, mientras que el otro, el más antiguo, está totalmente desprovisto de contenido sexual. Empleé ambas vías de escape mental en distintas etapas de mi vida y creo que vale la pena abordarlas por separado. Debo insistir en que son representativas de mis fantasías y que no insinúo que todos los pederastas tengan exactamente las mismas o que se produzca una escalada en sus actos siguiendo el mismo plan.

La fantasía más antigua que recuerdo, y que mantuve hasta hace poco, nunca tuvo ninguna carga sexual. En esas fantasías, me imaginaba como huérfano y en muchos casos como un niño que padecía algún tipo de impedimento físico o sufría alguna clase de abuso de carácter no sexual. Estas fantasías se centraban en una historia tipo «pobre huer-fanito», es decir, el niño no deseado y al que nadie quiere que, de repente, encuentre amor y aceptación en el mundo adulto. En esas fantasías, siempre me veía como el niño cu-yas dificultades nunca eran fruto de sus actos, y resulta in-teresante observar que dichas fantasías nunca incluían a otros niños. A lo largo de cuarenta años apenas alteré la trama básica.

No recuerdo con exactitud qué edad tenía cuando empecé a crear este tipo de fantasía, pero sí sé que fue cuando empecé a ir al colegio, a los seis o siete años quizá. Al recordar esa época me doy cuenta de que, incluso a esa edad tan temprana, inventaba situaciones hipotéticas en las que yo asumía el papel de víctima. Esta forma de huir de un mundo real al que no quería enfrentarme se convirtió en seguida en un ritual de mi vida diaria. Debo señalar que estas fantasías no se me ocurrieron de un día para otro. Yo inventaba historias intencionadamente y siempre al acostarme. No voy a intentar interpretar los temas de las Fantasías salvo para decir que parecen revelar una búsqueda desesperada de aceptación. Utilicé este tipo de mecanismo tranquilizador todas las noches hasta que desarrollé una variante sexual e, incluso después de empezar a desarrollar fan-tasías sexuales, a veces retornaba esos conceptos anteriores.

Al poco tiempo de crear ese primer tipo de fantasía, des-cubrí la masturbación y comencé a cambiar de forma radical el tema central de mis fantasías nocturnas. Parece lógico que lo hiciera durante los primeros años escolares y cerca de la edad en que empecé a materializar mis tendencias sexuales, hacia los siete u ocho años. De forma similar a mis primeras fantasías, esta nueva creación se limitaba al ámbito de mi dormitorio, cada noche justo antes de dormir. Mucho antes de ser físicamente capaz de eyacular, el acto seguía resultándome sumamente placentero y lo convertí en una parte fija de mi rutina nocturna.

En las primeras etapas del segundo tipo de fantasía, me imaginaba a un niño más pequeño, que me atraía, y lo co-accionaba para que realizara lo que consideraba eran caricias y masturbaciones «mutuas». Con el tiempo fui intensificando el tipo de actividades sobre las que fantaseaba, pasando de la masturbación a la manipulación de la víctima para que practicara sexo oral. En todos los casos, el niño con el que fantaseaba era un ser imaginario, no alguien a quien conociera en la vida real. La víctima imaginada (aunque en aquel momento de mi vida no veía al niño como «víctima») tenía que ser delgada, muy vivaracha y, normalmente, menuda para su edad. No me preocupaba demasiado por detalles como el color del pelo o los rasgos faciales,

Pero lo que sí estaba claro era que la víctima tenía que ser delgada y menor que yo. Yo era un niño rellenito y las víctimas que imaginaba tenían que representar todo lo que yo consideraba que no era.

Esas fantasías tenían una naturaleza muy general. No dedicaba demasiado tiempo a inventar tramas detalladas y enrevesadas. Las fantasías solían ser breves y acababan en cuanto alcanzaba el orgasmo. Durante esa época, muchas de las fantasías se centraban en encontrar lo que yo consideraba una víctima «perfectamente dispuesta pero tímida al co-mienzo». Aunque de vez en cuando cambiaba los escenarios y el aspecto físico de la víctima, la trama general seguía incluyendo la predisposición fundamental, con un poco de manipulación por mi parte. Pronto me puse a ampliar tales fantasías en un intento por aumentar la emoción general.

Esta nueva serie de fantasías parecía alejarse del patrón anterior, en el que yo aparecía como víctima. Entonces, aun-que intentaba que los actos imaginados fueran mutuos, estaba claro que había transformado mi papel de víctima en el de agresor y que cada vez disfrutaba más con la sensación de poder.

A los nueve o diez años empecé a fantasear sobre niños a los que sí conocía. Tumbado en la cama por la noche repasaba mentalmente una lista de compañeros de clase y vecinos y elegía a uno que fuera el objeto de mi fantasía para la noche. Al hacerlo no me conformaba con situar a un niño conocido en un entorno imaginario. Tener un objetivo real en mente me resultaba más emocionante. No creo que al comienzo viera estas tramas más complejas como el comienzo de la planificación consciente de abusos reales, pero no transcurrió mucho tiempo antes de que empezara a sospechar que si conseguía una víctima de mis fantasías, podría aprovechar el patrón desarrollado para convertir en realidad dicha situación. Esto también es un ejemplo claro de escalada o agravamiento.

La relación entre fantasear y emplear las fantasías para urdir planes y ponerlos en práctica más adelante se encon-traba en estado embrionario en esta etapa. Aunque podía pasar más tiempo elaborando los detalles, todavía vacilaba al intentar reproducir esa situación en la vida real. Sin embargo, esta nueva forma de fantasía me resultaba cada vez más excitante y esos rituales nocturnos duraban cada vez más. Durante esa época, seguía tratando cada noche como una aventura independiente. Todavía no había llegado al punto de centrarme en una víctima y urdir un plan detallado para un período largo. Tampoco había llegado al punto de llevar los actos sexuales más allá de lo que estaba acostumbrado a imaginar. Además, durante ese período de desarrollo, aún tendía a ver a la víctima como predominantemente predispuesta. No había llegado al extremo de prever actos forzados ni el empleo de algún tipo de limitación física.

Con el paso del tiempo, mis fantasías se fueron volviendo más detalladas hasta el extremo de idear el marco, la hora e incluso inventar diálogos. Yacía en la oscuridad e intentaba imaginar todas las reacciones posibles con las que podría toparme por parte de una presa potencial y luego ideaba una respuesta o alternativa para todas sus vacilaciones u objecio-nes. Como consecuencia de este ejercicio, empecé a comprender la necesidad de manipular no sólo a la víctima primaria, sino también a otras personas para tenderle una trampa. Asimismo, me di cuenta de que planeándolo todo con exactitud, podía reducir de forma drástica los posibles problemas.

Alrededor de los once años empecé a utilizar las fantasías como planes y, al hacerlo, me quedé asombrado ante los resultados. De repente me pareció que vivía en un mundo que yo controlaba, un mundo en el que yo siempre iba por delante de otras personas.

Al comienzo, no me esforcé demasiado por materializar las fantasías y no todos los intentos funcionaron tal como los había planeado. Pero el nivel de éxito que obtenía, y la facilidad de su consecución, junto con la emoción increíble de sentirme totalmente al mando, añadió un récord nuevo a mi mundo trastornado. Al igual que con el resto de los elementos de mi vida, en cuanto inicié este tipo de actividad, también empecé a intensificarla. Cada pequeño éxito no terminaba sólo con una sensación de logro, sino con un apetito mayor por conseguir más. A los trece años ya había convertido mi vida en un «juego» enorme de fantasía y en el intento posterior de hacerla realidad.

En aquella época era cada vez más consciente de mi capacidad para fantasear sobre cualquier cosa, reducirla a un plan factible, eliminar los obstáculos que descubriera y luego utilizar ese plan perfeccionado para obtener el objetivo deseado en la vida real. Si bien el objetivo inicial de esta técnica era sexual, no tardé demasiado tiempo en emplear el mismo enfoque para abordar otros aspectos de mi vida. Convertí en costumbre, para el resto de mi vida, primero el reducir una situación de la vida real a fantasía y luego urdir un plan manipulador para conseguir mi fin antes de emprender la acción en cuestión. Poco a poco, llegué a c que podía hacer cualquier cosa, siempre y cuando siguiera este método de control total. También fue en ese momento cuando descubrí que prácticamente era igual de fácil manipular a la mayoría de los adultos que a los niños.

La sensación de poder y control que esta técnica me proporcionaba era un nuevo logro, pero incluso con esta ni herramienta temía tratar con los niños de mi edad y los a tos. Cuando llevaba a cabo un plan, me sentía al mando, pero más allá de los confines limitados de un plan determinado, me sentía sumamente vulnerable. Al recordar ese período me doy cuenta de que lo que hacía no era más coger desprevenida a otra persona aún más vulnerable y manipularla para conseguir mis objetivos. Pero en aquella época, para mí, una persona que se consideraba víctima insignificante y débil del destino, aquello me hacía sentir muy vivo, muy inteligente y muy, muy poderoso. Aunque cada vez pasaba más tiempo en mi mundo de fantasía, seguía limitando esa actividad a la hora de acostarme.

A los trece años volví a intensificar mis fantasías. Entonces creaba fantasías en cualquier momento y en cualquier lugar. Me obsesioné todavía más con las fantasías y las prolongué al máximo.
Me resultaba más fácil ensimismarme en mis pensamientos distorsionados, independientemente de las circunstancias que me rodearan. Este nuevo tipo de fantasía no minaba ni con la masturbación ni con el sueño. La obsesión por la víctima imaginada y la situación permanecían. En cuanto volvía a las fantasías, retomaba el concepto «inacabado»
Y seguía construyéndolo a partir de donde lo había dejado.

Teniendo en cuenta que había empezado a huir a un mundo de fantasía mental a los cinco o seis años, al llegar a los trece, puede decirse que entré por voluntad propia en un estado rayano en la obsesión más absoluta y en la disociación virtual de la realidad. Muchos años después llegaría al extremo de dejar de funcionar como persona, pero ese grado de obsesión era muy raro en mí. Lo que sucedió fue una progresión lenta y constante, en la que pasaba cada vez más tiempo ensimismado en mis sueños distorsionados. Era capaz de comportarme, y es lo que hacía en general, de forma normal, pero entre las tareas, el colegio, el trabajo, etc., cada vez me alejaba más del mundo real y me entregaba a los placeres de mis fantasías desatadas.

La excitación extrema de todo eso no se limitaba a con-seguir la satisfacción sexual final, sino a lograrla de acuerdo con un plan cada vez más preciso. En esos primeros años ya estaba descubriendo que aunque me encantaba el acto sexual básico, la emoción verdadera radicaba en la planificación, una emoción que equivalía a la liberación sexual final. Otro aspecto que descubrí fue que si me apartaba del plan establecido, mi excitación y goce disminuían de forma considerable.
Durante el resto de mi vida adulta fuera de prisión me aseguré de mantener una «fachada» para el mundo, mientras que debajo de esa fachada pasaba cada vez más tiempo inventando fantasías que materializaba. Durante esos años de adolescencia, mi intensificación se limitaba a tender trampas a distintas víctimas y a pensar en diferentes manipulaciones para practicarlas con ellas.

Mis fantasías se habían convertido en verdaderas sesiones de planificación, pero todavía no habían alcanzado el ni-vel obsesivo, minucioso, que más adelante se convertiría en la norma de mi vida.
Al comienzo de la adolescencia, el período más exigente para el desarrollo de contactos sociales, me esforcé más por perfeccionar mi fachada y fui convirtiéndome cada vez más en el residente de mi propio mundo de fantasía. A los quince años aumenté la cantidad de tiempo que pasaba absorto en mi fantasía y el número de víctimas que empleaba tanto para las fantasías como en los abusos. Además, añadí de forma continua una variedad cada vez mayor y más frenética de entornos y actos físicos a mis fantasías.
Después de practicar durante dos años la materialización de mis fantasías, llegué a un punto en el que sentía que con-trolaba totalmente el terreno sexual.
A los quince años mi vida en el mundo real era un ver-dadero desastre pero, al parecer, lo disimulaba tan bien que nadie pareció percatarse. Mis relaciones con quienes me rodeaban, independientemente de quiénes fueran, eran frías, distantes y recelosas. Aunque no me habían sometido a nin-gún tipo de amenaza, me sentía desprotegido y en peligro. Adoptaba una actitud totalmente defensiva en mi trato con los demás.

Al recordarla, tengo la impresión de que en la adolescencia ya había dividido el mundo en dos partes: yo… y ellos. El resto de las personas era, o bien un enemigo po-tencial, o bien otro elemento más que utilizar en mi juego, otra ficha del tablero. En vez de hacer lo que todos los ado-lescentes tienen que acabar haciendo para desarrollarse corno
adultos plenos y sanos, es decir, enfrentarse a sus temores y encontrar su lugar en el mundo que les rodea, me parecía más fácil y emocionante retirarme a mi mundo egocéntrico de fantasías retorcidas y materializarlas. También fue alrededor de los quince años cuando empecé a incluir elementos sádicos en mis fantasías.

En esas fantasías nuevas seguía imaginando que tendía una trampa a mi víctima mediante la manipulación verbal, pero entonces también imaginaba que ataba a los niños con cuerdas o inmovilizaba a la víctima de algún otro modo. La gran diferencia entre estas fantasías y todas las anteriores radicaba en que se descartaba el concepto de «consenso». A partir de entonces, construía muchas de mis fantasías basándome en el supuesto inicial de colocar a la víctima en una posición en la que estuviera totalmente indefensa. Esas sensaciones nuevas de mayor poder y control aumentaban la excitación de manera increíble y me provocaban un apetito insaciable.

Al parecer, la relación entre fantasías y actos es un elemento muy común entre los pederastas y resulta sumamente peligrosa. Durante el resto de mi vida, aumenté de forma continua tanto mis fantasías como las agresiones, en busca de la excitación máxima y, al igual que todos los adictos, nunca conseguí mi objetivo.

Los pederastas queremos negarnos a aceptar la responsabilidad de nuestros actos. Queremos racionalizar la justifi-cación de hacer precisamente lo que deseamos, por lo que intentamos asegurarnos de que fantasear sobre una víctima imaginaria es mucho, mucho mejor que abusar de ella en la realidad. Yo y muchos otros con quienes he hablado a menudo nos hemos asegurado a nosotros mismos, antes o durante una fantasía, de que estábamos imaginando algo que «nunca haríamos» en la vida real. Sin embargo, a la larga nos obsesionamos tanto con la excitación de esta nueva idea que abandonamos nuestro compromiso de sólo fantasear y lo llevamos a la práctica.

8
AMY-ALAN: EL SECRETISMO AMY

Cuando trabajaba con Alan le oculté mi historial de abusos sexuales. No era una decisión inusual. Como es habitual en la mayoría de las relaciones terapéuticas profesionales, no comparto mi vida privada con los pacientes. Sin embargo, tras años de correspondencia, mucho después de que acabaran nuestras sesiones de terapia musical, vi con claridad que estaba siendo injusta, tanto con Alan como conmigo, al no hablar abiertamente de mi victimización.

Se lo conté en una carta y me pregunté qué tipo de respuesta recibiría de él. Me contestó de inmediato y me mostró su compasión. También reconoció no estar demasiado sorprendido dado que yo siempre había entendido muy bien lo que eran los abusos sexuales.

Nuestra relación dio un giro muy importante cuando me pidió que escribiera a la hija de un familiar que había sufrido abusos sexuales por parte de un pariente. Escribí a la chica para ofrecerle mi apoyo, referencias bibliográficas y para compartir ideas sobre distintas formas de curación. En los escritos de Alan de años sucesivos, a menudo hacía referencia a mi pasado cuando resultaba pertinente. En una ocasión me escribió que él entendía que yo «hubiera sido quien había atravesado la barrera de mi resistencia [la de Alan] » puesto que sabía «de dónde venía [él]».

Lo que me resultó mucho más difícil fue hablarle a mi familia sobre el libro y enfrentarme a su renuencia ante la decisión de contar mi historia. Hablé y escribí cartas a todos ellos explicándoles los contenidos y declarando que, aunque no me había propuesto avergonzarles ni hacerles daño (y que no utilizaría mi nombre de soltera), sentía la necesidad de hablar abiertamente sobre nuestra familia. Con excepción de mi madre, es prácticamente imposible implicar a los miembros de mi familia en una conversación profunda sobre los abusos que sufrí, parecen preferir que el pasado se mantenga lo más oculto posible.

Al comienzo, la escritura de este libro estuvo cargada de decisiones difíciles sobre qué revelar y qué mantener en privado. No obstante, no podía escribir un libro sobre el daño que causa mantener secretos y, al mismo tiempo, no revelar mi secreto. Así pues, aunque sabía que podía perder la familia en cuyo seno había nacido, la necesidad y la importancia de no guardar secretos en el libro merecían el riesgo.

Hace años, la sociedad no permitía hablar abiertamente sobre el hecho de que un familiar sufriera cáncer por pudor o apuro. Se mantenía en secreto. En la actualidad hablamos libremente sobre esta enfermedad sin considerarla un estigma. Aunque el cáncer no es imputable a quien lo padece y el abuso sexual, por contra, supone una agresión voluntaria, en generaciones anteriores las víctimas de ambos casos sufrían el rechazo de buena parte de la sociedad. Tengo la esperanza de que en el futuro la actitud para con las víctimas de los abusos sexuales sea igual de compasiva que la que ahora tenemos con los enfermos de cáncer.

Los niños que han sufrido abusos sexuales apenas hablan de forma espontánea de su abuso. Sienten vergüenza y lo mantienen en secreto, lo cual puede destruirles el espíritu. Un pederasta, al igual que cualquier otro malhechor, quiere y necesita ese secretismo. Considerar el secretismo como algo que sólo sirve para evitar el descubrimiento, el arresto y la prisión supone subestimar seriamente el papel tan importante que desempeña el secretismo en la pederastia. Para comprender la indefensión de la víctima debemos comprender todos los aspectos de la función del secretismo.

Cuando tenía nueve años, mi abuelo murió de forma inesperada. Falleció en la casa que mi familia compartía con él y mi abuela. Mi padre lloró al comunicarnos a mis hermanos y a mí que nuestro abuelo había muerto. Era la primera vez que lo veía llorar. Aquella tarde, cuando los adultos regresaron de realizar los trámites previos al funeral, hice algo bastante inusual. En vez de empezar con mi resistencia nocturna habitual previa a que me acostaran, asumí la responsabilidad de prepararme para la cama. Me bañé sin rechistar y me puse el camisoncito preferido de mi abuelo. Aunque apenas había anochecido, me tumbé en la cama esperando la visita de su hijo, mi padre. Por lo general yacía asustada, con miedo a la oscuridad y a la posible visita. Sin embargo, aquella noche en concreto me tumbé a esperar su llegada. Consideraba que tenía el deber, la obligación, de hacerle sentir mejor.

Hasta el día de hoy no recuerdo si mi padre vino a mi habitación o si abusó sexualmente de mí aquella noche. Sólo recuerdo que el suceso fue significativo porque me coloqué a propósito en una situación que no deseaba, con la única intención de hacer que mi padre se sintiera mejor. Me sacrifiqué.

Todas las implicaciones de mi comportamiento eran un secreto para el resto de la casa. Sin duda mi madre se sorprendió ante mi falta de resistencia a acostarme aquella noche, pero lo más probable es que lo achacara a la tristeza por la pérdida de mi abuelo. Al echar la vista atrás, mi madre reconoce que había señales del interés sexual de mi abuelo por mí. En aquella época, esas señales eran demasiado vagas y discretas para que ella las descifrara. Y yo estaba convencida de que era un secreto que nunca se desvelaría porque, a los nueve años, consideraba que no había nadie capaz de rescatarme.

Intenté revelar el secreto con métodos infantiles. En un momento de ese año, le pedí a mi madre que leyera un libro que yo acababa de leer porque el personaje principal era «como yo». Accedió a ello, pero se quedó horrorizada al saber que semejante libro (Ojos azules, de Tony Morrison) estuviera disponible en la biblioteca de nuestra escuela primaria puesto que contenía detalles gráficos de abusos sexuales. No se le ocurrió que era mi forma de intentar compartir aquel secreto horrible con ella.

En esa misma época mostré varios síntomas físicos. De forma misteriosa contraje una psoriasis grave. La primera vez que le pedí a mi madre que me examinara la cabeza, se quedó atónita al ver las enormes costras que me cubrían todo el cuero cabelludo. Se asustó todavía más cuando un médico descubrió que también me afectaba a la zona genital. En la actualidad tal descubrimiento merecería la atención de instituciones especializadas en la detección de abusos infantiles y el médico tendría la obligación de informar sobre el caso. Sin embargo, el interrogatorio de aquel dermatólogo de los años sesenta se limitó a un arqueo de cejas inquisitorio dirigido a mi madre.

También me costaba seguir las clases, me encontraron masturbándome en el colegio en varias ocasiones y simulaba enfermedades misteriosas con regularidad. No era de extrañar que fuera incapaz de pasar de curso. Aunque mis tareas escolares eran satisfactorias, la escuela, junto con mi familia, decidió que tenía que repetir curso para que ganara seguridad en el terreno emocional. Cambié de colegio y fui a uno que estaba en otro barrio para repetir curso sin avergonzarme, lo cual supuso otro trastorno en aquella época ya de por sí traumática de mi vida.

En aquel entonces mi madre no era capaz de reconocer el alcoholismo de mi padre, y mucho menos su comportamiento sexualmente rapaz conmigo. Los secretos eran habituales en la relación verbal de mi madre con mi padre con respecto a los hijos. Cuando se casaron no hablaron de tener hijos porque el médico le había dicho a mi madre que «se suponía que no podía tener hijos». Mi padre nunca compartió la tarea de educar a los hijos aunque sí ofrecía su apoyo económico. Si bien tener hijos le daba «buena imagen» y mantenía la fachada de ser un «hombre familiar», los gastos extra le resultaban un engorro. Cuando subía el precio de la leche, mi madre tenía que ajustar el presupuesto familiar, recortando otros gastos cuando iba a hacer la compra, para no tener que contárselo. Todo ello teniendo en cuenta que vivíamos en un barrio de clase media-alta y que mi padre tenía un buen trabajo.

Los gastos extra de los hijos, como las clases de piano u otros instrumentos, provocaban todavía más ira y a menudo tenían que mantenerse en secreto entre madre e hijo. Del mismo modo, mi madre tenía que robarle tiempo a mi padre si necesitaba o deseaba estar pendiente de uno de nosotros, por lo que tenía que recurrir a mentirijillas para estar con nosotros. Mi padre insistía en que le preparara martinis y le observara mientras leía el periódico por las noches.

Solíamos cenar antes de que llegara a casa para que tuviera un poco de tranquilidad e intimidad con mi madre por la noche. Cuando yo osaba entrometerme en ese momento para pedir un poco de tiempo de mi madre, a menudo me recibía con desdén. Me interrogaba y me preguntaba qué era tan importante como para necesitarla. Yo me sentía demasiado avergonzada para reconocer que sólo quería estar cerca de ella unos momentos e inventaba respuestas que sonaran importantes, como que tenía que firmar algún papel del colegio.

Ser testigo de su relación me proporcionó lo que yo denomino «modelos de conducta negativos» del tipo de matrimonio que yo he tratado de evitar de forma consciente. Intento que no haya secretos entre mi esposo y yo. Sin embargo, buscar el equilibrio entre la revelación y el secretismo con respecto a mi abuso sexual me ha supuesto un gran esfuerzo como adulta desde que empecé a recordar mi pasado.

Me cuesta reconocer que me ocurrió tal cosa porque no quiero que me vean como una persona dañada.
Tampoco quiero perpetuar un secreto cuando la situación exige transparencia. Por ejemplo, cuando tenía treinta y pocos años, salí unas cuantas veces (después de divorciar-me de mi primer marido) con un hombre un poco mayor que yo. El también era músico y hacía poco que se había divorciado. La principal diferencia entre nosotros era que su matrimonio había terminado con el suicidio de su esposa.

Como en nuestras citas también improvisábamos música juntos nuestro nivel de intimidad era mayor que si hubiéramos hecho lo habitual: salir a cenar y al cine. Durante nuestras sesiones musicales me contó que su mujer había dejado un diario en el que detallaba por qué consideraba necesario quitarse la vida. Dejó que fuera él quien descubriera su cadáver. Su suicidio se debía en gran parte a los abusos sexuales que había sufrido de manos de su padre cuando era joven.

Durante el par de años que siguieron al suicidio de su esposa, salió con otra mujer que era muy joven y emocio-nalmente frágil. Ella también padecía las consecuencias de haber sufrido abusos sexuales de niña. Sus crisis depresivas la obligaban a guardar cama buena parte del día. Mientras tocábamos juntos, me habló de estas mujeres con una tristeza enorme y declaró que nunca volvería a salir con una que hubiera sufrido abusos sexuales. Le dije que precisamente estaba haciendo eso conmigo y, enfadada, le repliqué que adoptando esa actitud estaba descartando a más de una cuarta parte de las mujeres de EE.UU. como posible compañera sentimental.

En el ámbito de la salud mental, es bastante habitual que los asesores que trabajan en el campo de la dependencia a sustancias químicas o al alcohol hayan sido adictos en el pa-sado. No guardan silencio sobre su historia, sino que se les pone como modelo de inspiración y su pasado da credibilidad a sus esfuerzos por ayudar a otros con problemas similares. Pero la idea de que una terapeuta mencione su historia de abusos sexuales en el trabajo con un paciente está muy mal vista. Tal práctica se considera una falta de profesionalidad. Lo irónico del caso es que las víctimas se ven obligadas a sufrir los abusos sexuales, no es algo que hayan escogido. ¿Cuál es el tabú que acompaña a los abusos sexuales? ¿La ignorancia? ¿El sexo? Sea cual sea el motivo, el secretismo es la norma dominante en el abuso sexual, una norma que no beneficia a nadie.

Como padres, nos cuesta alcanzar un equilibrio adecua-do con respecto a la intimidad de nuestros hijos. ¿Qué in-formación necesitarnos sobre sus pensamientos, actitudes y comportamientos para que no sólo estén a salvo, sino para que crezcan como jóvenes felices y equilibrados? ¿Nos en-trometemos en su vida privada? ¿Exigimos saber qué hacen en todo momento? ¿Qué secretos les ocultarnos y cuáles divulgamos? ¿Cómo respondemos cuando nos hacen confi-dencias? Estas son algunas cosas que he aprendido sobre el secretismo a lo largo de mis años de trabajo con víctimas de abusos sexuales:

  • Hay que dar respuestas afirmativas cuando un hijo realice una confidencia por primera vez («Debes de haberte sentido fatal cuando te dijo eso») en vez de frases sentenciosas («Él tiene razón»), declaraciones de culpa («Qué hiciste para hacerle decir eso?») o, el error más habitual entre los padres, consejos no solicitados («Lo que tienes que hacer es. . .»). Esta actitud hará que el joven hable con mayor libertad de lo que inquiera.

Tener en cuenta los secretos que se tienen con los hijos tener presente que es probable que el niño sea consciente de ellos. Plantearse por qué se tienen y a quién se protege en realidad. Decidir de forma consciente si es absolutamente necesario mantener tales setos. Yo crecí viendo a mi madre cerrando enfadada puertas de los armarios de la cocina de un portazo mientras cocinaba y preguntándole «qué pasa» para que me respondiera «nada».

Estaba claro que sus palabras no encajaban con sus actos esa incongruencia me hacía sentir insegura y culpable. Aunque no pudiera decirme por qué estaba enfadada, habría sido útil para ella decir algo como «Estoy muy enfadada por algo que no es culpa tuya. Ya lo arreglaré y luego estaré de mejor humor».

Plantearse las consecuencias de pedir a un hijo que guarde secretos. Incluso los secretos supuestamente inofensivos pueden resultar perjudiciales. (<No le digas a tu hermana que hemos parado a tomar un helado», hace que el niño se plantee qué dejan de contarle a ella.) Intentar plantear preguntas abiertas para obtener más información al hablar con un hijo («¿Qué pasó entones? en vez de «¿Fue entonces cuando lo hizo?»).

  • Ser consciente de la postura al hablar con los hijos. Cruzar los brazos sobre el pecho es una muestra de falta de franqueza. Hablar desde una posición elevada sitúa al hijo en condición de inferioridad e impotencia. Si el padre/madre se coloca en una postura abierta y nada amenazadora, el hijo será más sincero.

 

  • Analizar el entorno doméstico para favorecer las oportunidades de comunicación con la familia. Una de las cosas más tristes que he escuchado en el vestuario del gimnasio fue una conversación entre dos madres de adolescentes.

Una de las mujeres era profesora en el colegio de su hijo y no quería que los amigos de éste la vieran en casa sin maquillaje ni en situaciones poco deseables, como tumbada en el sofá viendo la tele o en pantalón corto. Independientemente de los motivos, le incomodaba la presencia de los amigos de su hijo en el entorno doméstico, por lo que le montó un cuarto en el sótano. Describió alegremente los elementos de la habitación: acceso desde el exterior sin entrar en la zona principal de la casa, linea de teléfono independiente, televisión y ordenador, e incluso una nevera y un cuarto de baño. A esta madre le encantaba pensar que tanto ella como su hijo podían tener vida privada bajo el mismo techo.

Las escuché pensando que así había bloqueado la po-sibilidad de saber quiénes eran las amistades de su hijo, cómo eran, si cambiaba de amigos, qué miraba en la tele y con quién hablaba por teléfono. Redujo las oportunidades de conocer a su hijo. Pensé en el grave riesgo en el que aquella madre colocaba a su hijo al re-
nunciar a la atención que una madre dedica a la vida de un hijo. ¿Cómo iba a ser sincero con ella si ni siquiera estaba a su alrededor? Debemos analizar nuestras prioridades y nivel de comodidad y pensar en el precio que la salud emocional de nuestros hijos paga por nuestro egoísmo.

Es muy importante que utilicemos el máximo número de técnicas positivas para permitir que nuestros hijos sean sinceros con nosotros, ya que el agresor utiliza métodos negativos para atrapar a su presa. El secretismo es el quid del abuso sexual. Sin él, no habría abuso.
La comunicación abierta y sincera es la herramienta más poderosa que tenemos como padres para proteger a nuestros hijos de los pederastas. Hay que escuchar con atención cómo hablamos a los jóvenes, incluso es recomendable grabar en cinta una comida y analizar luego la conversación para ver qué tipo de interacciones verbales realizamos con más frecuencia. El objetivo consiste en determinar si se trata del tipo de frases que invitan a la comunicación abierta.

  • Practica patrones de verbalización que fomenten la franqueza. Pide la opinión de tu familia y buenas amistades sobre tu estilo de comunicación y explica por qué es importante que lo analices. Ayuda a tus hijos a entender que, para que se sientan más cómodos contigo, tienes que relacionarte bien con ellos y conocerlos.

ALAN

Para mí, el secretismo era el elemento que aglutinaba mis fantasías. El secretismo era el componente que añadía una sensación de emoción, que intensificaba la agitación general que sentía al agredir. Representaba una sensación tergiversada de poder y valía personales y, en última instancia, era mi arma crítica tanto para atraer como para atrapar a mis jóvenes víctimas.

Prácticamente todo el mundo recuerda una época en que los pequeños secretos, corno qué regalo recibiría alguien por Navidad o para el cumpleaños, eran elementos emocionantes e importantes en nuestro mundo limitado. En la infancia tener un secreto era el símbolo de estatus máximo. Proporcionaba una sensación de importancia, prestigio y control. Por suerte para muchas personas, el atractivo de los secretos es algo que se supera. Sin embargo, para muchos de nosotros, la fascinación por los secretos sigue siendo una parte importante de nuestras vidas.

También creo poder asegurar que la mayoría de nosotros, si somos del todo sinceros con nosotros mismos, reconocemos tener una necesidad continua de cuidados y atención. Los niños muestran una necesidad insaciable de cuidados y atención y los pederastas suelen aprovecharse de esa carencia para abusar de ellos. Yo combiné el encanto misterioso del secretismo con grandes dosis de atención para atraer a mi trampa a las jóvenes víctimas. Mis métodos no eran rápidos, pero estaban ideados para crear, lentamente, la necesidad de aceptar los secretos. Al mismo tiempo, el secretismo me dio la oportunidad de hacer que un niño creyera que yo era la única persona del mundo que realmente se preocupaba por él y le cuidaba.

Confieso que hasta hace poco no había analizado con demasiada profundidad el papel del secretismo en mi vida. Comprendía que había mantenido un oscuro velo de secretismo para encubrir mis actividades y evitar que me descubrieran, pero he empezado a darme cuenta de que mis secretos, y sobre todo mi necesidad y afición por ellos, dicen mucho de cómo me veía a mí y al mundo que me rodeaba. La mayoría de los adultos seguros de sí mismos, autosuficientes y estables que he conocido no parecen necesitar secretos en su vida. Aunque hay información que no desean que se haga pública, la posesión de tales secretos no les proporciona ninguna sensación de emoción o poder personal.

Opino que los adultos que siguen necesitando y deseando tener secretos son quienes sienten que su vida carece de interés, valía o emoción reales. Estas personas, como la que siempre fui, parecen utilizar los secretos a fin de aumentar el respeto a sí mismos y para apoyar su ego desinflado. Cuando veo adultos que siguen utilizando secretos para apoyar su existencia recuerdo siempre la imagen de un niño enfadado en el centro de un patio intentando guardar las apariencias en alguna situación, gritando: «Oh, sí, pero yo sé algo que tú no sabes!».

Como pederasta considero que empleé el secretismo de dos modos distintos aunque interrelacionados. Al comienzo lo utilicé para engatusar a mis víctimas y que se me acercaran más y, en última instancia, para que me obedecieran y callaran. Además, empleé el secretismo como método para evitar el castigo, tal y como se trata más adelante en el libro.
Como he dicho, solía intentar abusar de un niño sólo cuando le conocía a él y a su familia. En cuanto tenía acceso a ese círculo, intentaba entender al niño lo más posible, ver cómo se relacionaba con los adultos y otros parientes y, si entreveía alguna posibilidad realista de éxito, entonces empezaba a preparar mi objetivo. Si había llegado a la conclusión de que aquel niño no tenía el tipo de personalidad que le hacía contárselo todo a sus padres, sabía que la renuencia a comunicarse podría convertirse en una forma de hacer que guardara secretos.

Aunque adaptaba el enfoque a la víctima en concreto, en rasgos generales el proceso apenas variaba. Primero ponía a prueba al niño de forma sencilla para ver si era capaz de mantener un secreto. Para ello solía cometer algún error intencionado cuando estábamos a solas. Por ejemplo, soltaba palabrotas delante de él. A continuación le explicaba que no debería haber pronunciado esas palabras y le pedía que no se lo contara a nadie.

También me encargaba de señalar que el motivo por el que no debía decir nada a sus padres era que si se preocupaban de que fuera una mala influencia para él, quizá no le permitieran estar conmigo y entonces no disfrutaríamos yendo a los salones recreativos o a cualesquiera otras actividades con las que sabía que disfrutaba.
En esta fase inicial quería que el niño considerara que el hecho de guardar secretos era algo que hacíamos para mantenernos unidos y evitarnos problemas. Cuando me aseguraba de que no diría nada, lo recompensaba con algo sencillo,

Como ir a los bolos o a pescar y así garantizaba que se sintiera «mayor» y que contara con mi confianza porque, como adulto, lo trataba de otro modo.

Tras dar este primer paso, esperaba a ver si, de hecho, guardaba el secreto sobre el incidente. Si no, quizá provocara cierta sospecha en sus padres, pero no suponía ningún problema grave. Inmediatamente cesaba cualquier intento por convertirlo en mi víctima. Por el contrario, si al cabo de una semana más o menos estaba claro que había guardado el secreto, volvía a recompensar al niño y le explicaba por qué lo recompensaba y seguía intensificando el proceso.

Durante las siguientes semanas o meses, aprovechaba cualquier oportunidad, por pequeña que fuera, para acercarme más y más al niño. Constantemente le decía lo especial y maduro que era y que todos nosotros necesitábamos encontrar a alguien en la vida en quien confiar de verdad. Siempre describía a sus padres como personas preocupadas por él, pero que en realidad no tenían otra opción que ponerle límites por ser precisamente sus padres.

Tenía cuidado de no atacar a sus progenitores, pero sí que intentaba cambiar poco a poco la idea que tenía de ellos. Buena parte de este proceso de preparación inicial consistía en establecer en la mente del niño la relación entre la autoridad paterna y el deseo de guardar secretos con los que burlar la intromisión paterna en su libertad.

Prácticamente todos los niños que he conocido muestran los mismos sentimientos encontrados con respecto al papel de los padres durante su desarrollo y yo intenté explotar esta frustración e ira. Poco a poco, conseguí que el
Niño considerara los secretos como medios necesarios para proteger algo con lo que disfrutaba, y así senté las bases de una montaña de secretos, todos diseñados para convertir al niño en víctima sexual.

Después de conseguir que el niño guardara pequeños secretos, iba aumentando gradualmente la importancia de los mismos y las recompensas por guardarlos. Por ejemplo, le decía al muchacho que no me importaba que tomara un poco de cerveza o fumara mientras estuviera en mi casa… pero era mejor para los dos que ni «ellos» ni cualquier otra persona lo supiera.

Lo que estaba haciendo, por supuesto, era crear un entomo mental en el que la víctima empezara a ver a su posible agresor como la persona que más confiaba y se preocupaba por él del mundo. Los secretos se convertían en prueba de nuestra confianza mutua y me esforzaba para que el niño se mostrara totalmente franco conmigo sobre todos los aspectos de su vida. Le obligaba a contarme lo que sus padres decían de mí y el tipo de preguntas que le hacían, preparándole cuidadosamente para evitar sus intentos de separarnos y limitar su libertad. Necesitaba que llegara al punto de saber que si realmente deseaba que sus padres le permitieran hacer algo, siempre podía contar conmigo para intentar que cedieran.

Poco a poco, todas sus reservas e inhibiciones posibles quedaban eliminadas y empezaba a acudir a mí con todas las quejas, preguntas y peticiones. En muchos casos, la víctima me llamaba para preguntarme cómo abordar a sus padres cuando quería hacer algo que normalmente no le permitirían. Empezaba a confiar en mí para que actuara como amigo, mentor, defensor y aliado.

A lo largo de todo aquel período, que bien podía durar un año, seguía alejándole de la confianza de sus padres y me encargaba de que, al final, los viera como una necesidad que había que burlar y controlar. Además, durante ese proceso, me esforzaba por crear un ambiente en el que todo lo que hiciéramos o dijéramos entre nosotros se mantuviera en el más estricto secreto.

Otorgaba libertad casi total al muchacho cuando estábamos solos y, al cabo de un período de tiempo razonable, y de tener clara su capacidad para mantener la boca cerrada, empezaba a pasar al terreno sexual. Al comienzo no eran más que unos cuantos comentarios casuales y chistes subidos de tono, pero a medida que se sentía cómodo con la franqueza de las conversaciones sexuales, pasaba a decirle que tenía material pornográfico blando en la casa y que ya tenía edad suficiente para verlo. De todos modos no me pre-cipitaba, y evitaba las conversaciones que pudieran resultar sexualmente perturbadoras y el contacto fisico. En aquella etapa lo único que quería era que el muchacho percibiera este nuevo ámbito como otro secreto necesario y que lo aceptara como una rutina más de su vida cotidiana.

Poco después de introducir las revistas y las conversaciones sexuales preparaba el terreno para que viera una pe-lícula de pomo duro. También en este caso realizaba co-mentarios subidos de tono e incluso llegaba al punto de hablar de que ese tipo de material provocaba una erección en el hombre, pero no forzaba el tema. Cuando se guardaba el secreto, de lo cual yo estaba seguro, aprovechaba la siguiente oportunidad para permitirle (hacerle) ver una película aún más dura y en esa ocasión era más concreto con respecto a los efectos físicos que ese tipo de visionado me producía. Rápidamente señalaba que era probable que no fuera lo suficientemente mayor para que aquello le provocara (lo cual era todo un reto para su joven ego) y se sentía (en la mayoría de los casos) obligado a defender su virilidad asegurándome que también disfrutaba con ello y le excitaba. En este caso tampoco le presionaba y me limitaba a halagarle por ser tan maduro para su edad y porque nada parecía molestarle.

Mi principal preocupación en aquella etapa no era que se lo contara a sus padres, puesto que estaba convencido de que no iría a casa y hablaría de beber, fumar o mirar pornografía, sino que intentara impresionar a alguno de sus amigos contándoselo y poniendo en evidencia mis actos. Le informaba cuidadosamente de los peligros que entrañaba compartir aquella experiencia con otra persona y él me ase-guraba repetidas veces que no se arriesgaría a perder lo que tenía.

A medida que seguía aceptando las bebidas, los cigarrillos y las distintas recompensas que le ofrecía y cuando vol-vía repetidas veces a mirar películas pomo, los secretos que guardaba empezaban a ser prácticamente imposibles de vio-lar para él, al menos en su mente infantil. Por ejemplo, ¿cómo iba a contar a sus padres que no sólo me permitía darle cervezas, cigarrillos, viajes, dinero, etc., y hacer prácti-camente lo que quisiera, sino que también me contaba lo que ellos hacían y pensaban, sin implicar claramente lo que entonces consideraba su culpabilidad en nuestros actos?
El hecho de guardar todos aquellos secretos insignificantes había creado una sensación de responsabilidad y culpabilidad equitativas en aquel niño totalmente inocente, algo que yo me había esforzado por conseguir, y esa incapacidad para delatarme sin tener que explicar su participación voluntaria era lo que acababa haciéndole cautivo de mis deseos enfermizos.

En cuanto le ayudaba a superar la sorpresa y confusión de la primera ronda de caricias, hacía todo lo posible para que el muchacho accediera a hacerme algo. Normalmente intentaba que el niño me practicara sexo oral, ya que sabía que en cuanto aceptara hacerlo a cambio de una recompensa, se encontraría en una posición en que contarlo le resultaría prácticamente imposible. En aquel momento, aunque quisiera contar a sus padres que la cosa iba mal, sabía que tendría que hablarles de su comportamiento sexual perver-tido y yo ya le había asegurado que si alguien veía aquello, nunca lo entendería. La confusión y el conflicto emocional eran demasiado pesados para él como para ver una salida, por lo que el niño solía recurrir al patrón establecido de aceptar lo que ocurría, al tiempo que buscaba cierto consuelo en el hecho de poder escoger sus recompensas y mantener todo aquel asunto en secreto.

En cuanto un niño se percataba de que no podía contarlo sin incriminarse, solía abandonar todo tipo de resistencia ante mis nuevas insinuaciones sexuales. En aquel momento, su espíritu estaba roto y se resignaba mentalmente a hacer aquello para lo que lo había preparado con tanto esmero, a disociar su ser real de aquellos «actos locos».
Durante ese período final yo le repetía a la víctima cómo todo el Inundo acaba haciendo cosas con las que no disfrutan realmente, que ello forma parte de la vida, pero que mientras se obtenga algo a cambio al final, puede considerarse una victoria. Normalmente, a partir de este punto no había renuencia ni resistencia por parte del niño.

Hay otra aplicación del secretismo en mi vida que creo que resulta más fácil de comprender. Teniendo en cuenta que empleaba un velo de secretismo para encubrir mis ac-tividades ilícitas, no me diferenciaba de cualquier otra per-sona que deseara evitar la revelación pública y el posible castigo.

Raras veces elegía a un niño desconocido, sobre todo en la zona cercana a mi ciudad, por temor a encontrármelo más adelante. Antes de emprender mi primera acción física contra una víctima, pasaba mucho tiempo conociendo al niño y a su familia. Antes de alcanzar el punto de comprometerme físicamente con el delito, quería asegurarme de que era lo más próximo a la infalibilidad posible y que la víctima estaba lo mejor preparada posible para guardar nuestro secreto.

A pesar de todos los años en los que practiqué y desarrollé este método, y de mi cuidadosa selección y prepa-ración de la víctima potencial, la primera vez que cometía la agresión física con un niño estaba muerto de miedo. Una vez dado el paso que iba más allá de las palabras, me sentía totalmente vulnerable, desprotegido y amenazado. Lo que necesitaba en esos momentos era alguna forma de asegurar-me de que la víctima guardaría silencio.

Entonces, de la obsesión por cometer el abuso pasaba a obsesionarme por distender lo que consideraba una situación sumamente explosiva. Pero como había pasado por aquello cientos de veces, buscaba la manera de abordar a la víctima y mis propios sentimientos de angustia y temor. Si bien el enfoque era distinto para cada víctima, los rasgos generales eran parecidos y seguían un patrón similar al siguiente:

  1. Determinar el impacto emocional en la víctima:

Justo después del acto inicial, necesitaba determinar qué efecto había tenido en el estado mental del niño. A lo largo de los años, he visto reacciones posteriores al abuso que van desde la aparente indiferencia hasta el miedo absoluto, la confusión y el llanto. Mi primera preocupación era advertir el estado de ánimo actual del niño y encontrar la forma de distender el impacto inmediato de aquello a lo que le aca-baban de someter. Bajo ningún concepto llevaría al niño a casa hasta tener la oportunidad de hacer todo lo posible para controlar la situación.

2. Intentar conseguir que la víctima minimice la agresión y la vea como un error «que no volverá a pasar»:

En este sentido, traté a todas las víctimas prácticamente igual. En cuanto había consumado el acto inicial, empezaba a decir repetidas veces «nunca debería haber hecho esto» y «nunca jamás volverá a pasar». Como empleaba el alcohol como aliciente en casi todas las agresiones iniciales, le decía al niño que debía de haberme excedido en la bebida y que lo sentía muchísimo.

A pesar del efecto devastador de esta introducción a la actividad sexual pervertida, casi todas las víctimas me veían totalmente consternado por lo que acababa de hacer, muy preocupado por sus sentimientos y con un remordimiento muy profundo por haber cometido un «error» tan grave. En este sentido, utilicé el instinto natural del niño para amar y perdonar con la finalidad de desviar la atención de su propia victimización a mi evidente arrepentimiento por haber hecho algo que le molestaba.

Esta treta funcionó con casi todas las víctimas y en se-guida me aseguraban que no pasaba nada, me convencían de que estaban dispuestos a perdonar mi error y que no tenía que preocuparme por haberme metido en un lío. Cuando el niño alcanzaba este punto de inversión de papeles, empezaba a poner en práctica la siguiente manipulación.

3. Introducir recompensas a gran escala por ser la víctima «una persona tan especial»:

A modo de respuesta ante la garantía del niño de que comprendía que se trataba de una equivocación inducida por el alcohol, empezaba diciéndole cuánto apreciaba su comprensión y qué especial y maduro era por ser capaz de ver las cosas bajo ese prisma. En esta fase me tornaba la molestia de explicar que no todos los niños eran tan maduros, com-
prensivos y considerados. Lo que deseaba inculcarle en ese momento era la idea de que el hecho de contar a otra per-sona lo ocurrido lo convertiría en normal y corriente en vez de especial.

En esa etapa, manipulaba a la víctima para que empezara a pensar que su capacidad para hacer frente a lo ocurrido, en vez de transformarlo en un drama, era algo que lo convertía en una persona de confianza, respetada y un amigo especial. Dado que el niño no podía imaginar que yo fuera a cometer el mismo error otra vez, sobre todo vista mi tremenda aflicción por lo que había hecho, se sentía seguro al prometer que «lo sucedido quedará entre nosotros».

En cuanto el niño empezaba a sentirlo por mí y a esforzarse por asegurarme que todo iba a ir bien, yo respondía jugando con su ego y su codicia. Tras darle las gracias repetidas veces y recibir sus garantías, fingía que de repente se me ocurría la idea de recompensar aquel acto extraor-dinario de amistad y comprensión. Decía que había pensado llevarle a casa, pero que como era tan especial y estaba tan dispuesto a cooperar, teníamos que hacer algo que también resultara especial para él.

Acto seguido sugería alguna actividad que sabía que se moría de ganas de hacer pero que normalmente no tenía ocasión de practicar. Le proponía que pasáramos el resto del día esquiando, jugando a los coches de carreras o dedi-cándonos a cualquier otra cosa que supiera que le encantaba. A pesar de sus intentos por asegurarme que no era necesario, la mayoría de las víctimas solían ceder rápidamente a su deseo de hacer algo especial y nos marchábamos.

Durante el resto de la jornada no reparaba en gastos para inundar al niño con todas las recompensas posibles (pero nada que pudiera llevarse a casa o por lo que tuviera que dar explicaciones a sus padres). Le instaba a propósito a que fue-ra más allá del nivel normal de deseos, insistiendo en que tenía derecho a cualquier cosa por lo que había hecho. Que-ría empezar a oírle decir cosas del tipo «tampoco ha sido tan malo y no me ha molestado mucho». En cuanto empezaba a verbalizarlo de ese modo, reaccionaba aumentando los halagos y recompensas e introduciendo lentamente la si-guiente fase de manipulación.

4. Hacer que la víctima vea que no es el único y que otro amigo especial aprendió a beneficiarse de su disposición a colaborar: 

En cuanto la víctima había empezado a decir tales cosas, le contaba qué buena actitud tenía y le explicaba (o insinuaba) que sólo había conocido en otra ocasión a una persona tan dispuesta a cooperar y tan comprensiva. En general, cuando lanzaba esta pequeña insinuación, la víctima quería saber de inmediato más sobre esa otra persona.

Entonces inventaba a un «amigo» del pasado (solía lla-marlo «primo»). No proporcionaba demasiada información, sino que sólo daba a entender que el otro muchacho había demostrado ser tan buen amigo como él, y le explicaba que nunca olvidaría que ese muchacho se había convertido en un hombre excepcional. Normalmente no transcurría demasiado tiempo hasta que mi víctima del momento me rogaba que le hablara más de él, y entonces introducía la historia inventada de mi misterioso primo Paul.

Le explicaba que Paul ya era adulto y que vivía en la costa oeste, pero que cuando era pequeño él y yo habíamos pasado mucho tiempo juntos. También le contaba que en una ocasión habíamos ido de cámping y yo había bebido demasiado y que… «Bueno, le hice lo mismo que hemos hecho esta tarde». Llegados a ese punto, hacía una pausa, como si hubiera acabado de contar la historia y todas las víctimas sin excepción querían saber cómo había reaccionado Paul y qué había ocurrido a continuación.

Tras cierta insistencia por parte de la víctima, aceptaba contárselo. Entonces describía a Paul diciendo que era un poco mayor que aquella víctima, pero que se parecía mucho en todo lo demás. Le contaba con qué actividades dis-frutábamos Paul y yo, actividades no sexuales, y siempre me aseguraba de que fueran exactamente el tipo de actividades en las que mi víctima de entonces querría participar.

Acto seguido describía aquella noche diciendo que aun-que él no había disfrutado con lo que yo le había hecho, es-taba dispuesto a olvidarlo. En aquel punto introducía un nuevo elemento en la manipulación. Le decía que Paul se parecía mucho a él, pero que «como era un poco mayor y más adulto», se había dado cuenta de que ambos podíamos beneficiamos de mi error. Cuando la víctima en cuestión preguntaba a qué se refería, le explicaba con cuidado la teo-ría de llegar a acuerdos mutuos.

Le decía que como Paul era mayor, el hecho de que le ocurriera una cosa como aquélla no le importaba demasiado y que corno sabía que siempre le compensaría, igual que estaba haciendo entonces con él, mi primo había dado a entender que no era importante. Paul, puntualizaba yo, era un muchacho muy listo y maduro. Sabía que si yo bebía en ex-ceso podía cometer alguna locura y sugería que, siempre y cuando yo le hiciera feliz, estaba dispuesto a tolerar juegos extraños.

La mayoría de las víctimas deseaba saber si había vuelto a ocurrir (algo que temían) y yo, con supuesta renuencia, les confesaba que sí, aunque me aprestaba a señalar que sólo cuando Paul me lo había pedido. A la mayor parte de las víctimas les confundía aquel concepto y les explicaba cómo un día, poco tiempo después del primer incidente, Paul, que estaba solo en casa, aburrido como una ostra, aguantando a sus padres, que estaban todo el día encima de él, me había llamado a mi casa.

Me propuso que convenciera a sus padres para que le dejaran pasar la noche en mi casa, para que pudiéramos ir a pescar o algo así y que, si estaba dispuesto a rescatarle, no le importaría si yo, o ambos, bebíamos un poco más de la cuenta. Explicaba a la víctima que al comienzo no sabía a qué se refería, pero que entonces Paul me había dicho que si estaba dispuesto a sacarlo de allí y dejar que se lo pasara bien, a él no le importaría dejarme cometer otra equivocación.

La víctima siempre quería saber si había ido a rescatarlo y le decía que sí. Pero añadía que le había dicho que no tenía por qué dejarme hacer aquello sólo para que lo llevara a algún sitio. Éramos amigos, insistía, y estaría encantado de ayudarle. Asimismo añadía que, entonces, Paul había dicho que si éramos verdaderos amigos, los dos debíamos estar dispuestos a ayudarnos y a confiar el uno en el otro. Había dicho que sabía que no tenía que intercambiar favores conmigo, pero que corno yo siempre hacía algo por él, a veces también quería hacer algo especial por mí.

La víctima solía sentir mucha curiosidad por este tema y deseaba saber si Paul y yo habíamos seguido haciendo aquello. Y yo le aseguraba que sí, pero que sólo cuando Paul había querido y sólo cuando estaba dispuesto a permitirme llevarle a hacer algo muy especial.

En general, después de esta historia tan enrevesada, durante la que seguía insistiendo en cuánto se parecían la víc-tima en cuestión y Paul, el muchacho llegaba a la conclusión de que Paul era un buen amigo y que lo que él se había ofrecido a hacer ponía de manifiesto que yo le caía igual de bien que él a mí.

Mis intenciones a lo largo de aquel proceso enrevesado eran:

a. Controlar el impacto inicial del primer abuso.
b. Manipular la situación de forma que el niño se com-padeciera de mí.
c. Manipular al niño hasta tal punto que estaba prácti-camente convencido de que no me delataría.
d. Ofrecerle un personaje inventado para que no se sin-tiera solo ni diferente.
e. Abrir la puerta para el abuso siguiente.

Llegados a este punto, consideraba que era relativamente seguro llevar a la víctima a mi casa, pero no por ello dejaba de sentirme todavía intranquilo y expuesto. Había hecho todo lo que estaba en mi mano para controlar la situa-ción, pero seguía sintiéndome vulnerable y muy angustiado con respecto a las veinticuatro horas siguientes. Controlar al niño mientras estaba a solas conmigo era fácil, pero me preocupaban sus reacciones cuando llegara a casa y eso es-capaba al influjo de mis manipulaciones.

Aquella noche era terrorífica para mí y solía pasarla solo en casa, pensando que cada coche que pasaba era el de la policía o que detrás de cada llamada de teléfono había un padre iracundo.

Al día siguiente continuaba en aquel estado de angustia y temor exacerbados y no había nada que hiciera disminuir tales sentimientos salvo encontrar un motivo para visitar a la familia. Entonces podía determinar de primera mano que no había ningún cambio perceptible en el comportamiento del muchacho ni en los miembros de su familia. En cuanto me era posible hacía precisamente eso, y cuando el niño me saludaba de la forma habitual y los padres se comportaban como de costumbre, me tranquilizaba. Si el niño no estaba normal, en seguida encontraba un motivo para encontrarme a solas con él y reafirmar la preparación del día anterior (algo que casi nunca hacía falta).

Hay una especie de refrán en la mayoría de los programas de recuperación que viene a decir que estamos tan en-fermos como nuestros secretos y nuestra necesidad de secretos. Los secretos destruyen y la necesidad de contar con la supuesta emoción e importancia de los secretos en nuestra vida pone de manifiesto la existencia de una personalidad muy trastornada y, creo yo, potencialmente peligrosa.

En la actualidad, cuando oigo a alguien utilizar la expresión «secreto inocente», me entran escalofríos porque tal posibilidad no existe. La inocencia y el secretismo son estados mutuamente excluyentes, y la única vez que aparecen juntos es cuando se utiliza uno para destruir al otro.

9
AMY: LA OBSESIÓN POR EL CONTROL

En capítulos anteriores hemos visto que cada faceta del modo de pensar obsesivo del pederasta engendra un sentimiento complementario en la víctima. Toda situación que el pederasta trama para sentirse poderoso conlleva una sensación comparable de impotencia y falta de control en la víctima. A menudo las personas que han sufrido abusos sexuales durante la infancia tienen problemas con el control, ya que cuando sufrieron los abusos se encontraban en una situación de gran impotencia. Por cada elemento de control que el pederasta pone en práctica, el niño pierde un poco de su sensación de fuerza. Aunque al lector le resulte desagradable enterarse de cómo se establece ese control, es primordial para comprender el verdadero significado de la pederastia.

Tanto mi padre como mi abuelo utilizaban el control y el poder para victimizarme. Su autoridad absoluta me volvía totalmente vulnerable a sus manipulaciones. Me dejaban bien claro que yo no le hablaría a nadie de nuestra relación.
No había sobornos, sólo el conocimiento de que haría lo que me decían y nunca hablaría de los abusos.

Este control no difería demasiado en cuanto a estructura del de Alan. Mi abuelo, por ejemplo, fue haciendo insi-nuaciones poco a poco, subiendo la apuesta cada vez y re-compensándome después, dejándome escoger un cachorro por ejemplo. Estas recompensas me hacían sentir más espe-cial que mis cuatro hermanos. Su sensación de control parecía omnipotente e incuestionable. Hacía lo que me decía y no había otra opción. La amenaza, siempre implícita, era decisiva: si hacía que mi abuelo y mi padre se enfadaran o fueran infelices provocaría la destrucción de la familia. Y yo no era capaz de tal cosa.

En mi vida el control ha tenido una importancia vital para mí. Ha dado forma a mi sensación de identidad y ha servido de impulso para mis logros personales. Mi necesidad de control se ha manifestado en gran parte como la necesidad de controlarme. Sigo luchando contra el perfeccio-nismo desmesurado y contra la insistencia por rendir por encima de lo esperado. Mi necesidad de control se manifiesta en tres ámbitos: físico, mental y del entorno.

Físico. Siempre he sido bastante atlética, y cuando ana-lizo mis hábitos de ejercicio físico no me sorprende que los ámbitos que elegí implicaran la realización de movimientos exactos ejecutados en un orden preciso e inalterable. Fui gimnasta en la adolescencia y artista de circo a los veinticinco; en la actualidad levanto pesas. Los aparatos que elegí fueron las barras paralelas como gimnasta y posteriormente el trapecio. Tales aparatos exigían una buena dosis de fuerza física y control, so-bretodo esto último. De niña no era capaz de controlar mi cuerpo, por lo que más adelante conseguí el control total de todos mis músculos y articulaciones y me volví lo más fuerte posible. También intenté controlar mi funcionamiento físico interno. Desde los trece años no falté ni un solo día al colegio por enfermedad. Pasé así el instituto, la universidad, los dos programas de posgrado y más de una década de carrera profesional hasta que al final (en una sola ocasión) estuve de baja un día. Al recordar todo eso, creo que pensaba que si sucumbía a la enfermedad física, no controlaría mi cuerpo y correría algún tipo de peligro.

Mental. En mi vida muchas personas, incluido mi es-poso y mis mejores amigos, se han preocupado por el hecho de que me dedico con demasiada intensidad al trabajo. En muchas de las cartas que he recibido de Alan durante los pasados diez años, a menudo me ha instado a bajar el ritmo. He sido una trabajadora dura y cumplidora desde los trece años. A esa edad empecé a llevar una vida que me sería posible recordar con posterioridad.

Los trece años representaban el punto final de mi vacío en lo que a los recuerdos se refiere. Antes de esa edad, fui delincuente juvenil y estaba fichada. Hacía trampas en el colegio, robaba en las tiendas y salía con una banda de jóvenes alocados que cometía actos vandálicos.

Mi familia se trasladaba bastante a menudo debido al trabajo de mi padre y cuando nos mudamos por última
Vez, me di cuenta del camino que había emprendido y decidí cambiar de vida. Iba a aprender a tocar la flauta, que consideraba que era el sonido de mi alma (ya sabía tocar la guitarra y el piano) e iba a sacar sobresalientes en todas las asignaturas y a tener amistades saludables. En nuestra nueva ciudad, toqué en bandas y orquestas, competí en equipos de gimnasia, gestioné piscinas, hice de socorrista y di clases de natación, dirigí coros infantiles, dirigí un equipo de canguros y llevé una vida social muy activa, al tiempo que formaba parte del cuadro de honor en todos los cursos.

Mi necesidad de control mental continuó hasta mucho después del instituto. El verano anterior a la universidad, leí un artículo que decía que los humanos sólo necesitan cuatro horas de sueño por la noche y regulé mis hábitos nocturnos de acuerdo con dicha afirmación. Esto me permitió completar un curso largo y pesado de terapia musical en un período de tiempo condensado, que suponía una carga académica mucho mayor que la habitual. Obtuve una media cercana a sobresaliente aun perteneciendo a varias hermandades y clubes, ocupando distintos cargos, saliendo un montón y tocando en orquestas, bandas y conjuntos. Sentía que debía controlar mi mente en todo momento, sin tiempo para relajaciones, por temor a que mi mente me dominara y recordara épocas horrorosas que todavía no era capaz de recordar. Tardé varios años en curarme y poder desprenderme de la necesidad obsesiva de controlar mis pensamientos y acciones hasta tal extremo.

El entorno. De adulta me he mudado varias veces de Estado para conseguir varios títulos académicos en distintos centros. Con cada traslado, me volvía más experta en el proceso de empaquetar y desempaquetar mis pertenencias. Mis amistades se quedan atónitas al ver que desempaqueto toda una casa en menos de una emana, colgando incluso los cuadros y plantando flores. En pocos días parece que llevo meses viviendo en la casa, sin una caja a la vista. Esto no es más que un ejemplo de mi necesidad de controlar el entorno. Dado que mi interior ha sido tan caótico durante buena par-e de mi vida, mi necesidad de ejercer el máximo control en todo lo posible aflora en mi casa. Todo tiene que estar en su sitio.

Estos ejemplos sirven para ilustrar mi necesidad continua de controlar todos los aspectos de mi vida. Mantener el control puede resultar beneficioso, pero, al final, acaba resultando agotador y restrictivo. Uno de mis objetivos personales durante los últimos años ha sido salir de esa rutina, me y renunciar al control. Por curioso que parezca, ha sido más fácil hacerlo con la llegada de mis hijos. El embarazo hizo que mi cuerpo asumiera una identidad nueva y el hecho de ser receptiva y responsable para con los niños, que tienen sus propias necesidades, me ha ayudado a reducir deseo de control en mi vida.

El testimonio de Alan que sigue a continuación ilustra de forma detallada que el tema del control se sitúa en el núcleo sus actos y del de todos los pederastas. Su retórica es casi una reproducción literal de nuestros años de correspondencia y, después de leer y releer sus escritos durante tanto tiempo, me ha sorprendido un rasgo fascinante: los sistemas de manipulación y la estructura de la intensificación, incluido el aplazamiento del orgasmo de sus víctimas, no son sólo el tema de su testimonio. De hecho, están entretejidos en su escritura.

NOTA: No he terminado de subir el libro. Me ha cargado editar hasta acá.

2 thoughts on “Conversaciones con un pederasta

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