Recordar (El Coraje de Sanar, Cap. 6)

Mientras hacía el amor

Laura Davis

Fue un soleado domingo por la mañana. Hacía mucho tiempo que no hacíamos el amor. Estábamos en la cama, abrazadas, pegadas la una a la otra. Yo dormitaba, sintiendo su cálido cuerpo contra el mío, sus rodillas amoldadas suavemente contra las mías. Sentí su aliento almizclado, tibio y familiar, en el cuello, las yemas de sus dedos rozándome suavemente la espalda y preguntándome: “¿Puede ser ahora? Te deseo”.

Me volví para mirarla a la cara, para contemplar esos ojos verde – dorados que tanto amaba. Para maravillarme ante ese milagro de mujer que había echado abajo todas mis defensas dejándome desarmada. Había conseguido entrar en mi corazón y yo confiaba en ella. Por fin, a los veintiocho años, me sentía segura en el amor. Antes había sido una solitaria, demasiado ocupada trabajando, demasiado ocupada viviendo en mi cabeza, temerosa de amar; un terror sin nombre me mantenía distante, inalcanzable. Había habido otras amantes, por cierto, otras que deseché cuando quisieron intimar demasiado, otras que pasaron por mi orilla. Pero ella era la primera que había hecho todo el camino a través de esos muros. Era la que yo había soñado pero creía imposible, aquella cuya presencia a mi lado aún me sorprendía y me impresionaba esas lentas mañanas de los fines de semana. Me sentía feliz, más feliz que nunca en mi vida.

De modo que para responder a la pregunta de sus dedos la miré y le sonreí, invitándola a acariciarme al tiempo que yo le acariciaba la cara. Ella apretó su vientre contra el mío y yo sentí el fuego de la pasión que nos quemaba la piel. “Amo a esta mujer – pensé -. Tenemos toda la vida para compartirla.”

Ella me besaba, lentamente, esperando mi respuesta, esperando que me excitara que cogiera ímpetu, como una vela al viento para volar con ella. “Hasta aquí, bien”, pensé contestándole con la lengua, mi cuerpo firme contra el de ella, la pasión en aumento.

Un destello brilló en sus ojos. Llevaba mucho, mucho tiempo esperando esto.

Te deseo – dijo, haciendo entrar los dedos, su cuerpo apretado ardientemente contra el mío –. Te deseo.

Y entonces lo sentí. Era algo sutil, inequívoco, dolorosamente conocido. Una pequeña chispa de terror y después el muro. Un muro infranqueable se irguió entre nosotras, mi cuerpo se aflojó, mi mente comenzó a flotar libre. Traté de convencerme para volver a comenzar, pero ya era demasiado tarde. Ya estaba ausente, pensando: “Bueno, no tenemos suficientes huevos para hacer tortitas, pero quedaron patatas al horno. Fritas quedarán fenomenales”. Cerré los ojos, traté de enrollarme de nuevo. “Vamos Laura, claro que quieres estar aquí. Deseas hacerlo, vuelve a tu cuerpo. ¡Vamos! ¡Esta es la mujer que amas!”.

Pero fue inútil. Mi mente ya estaba por encima de mi cuerpo, girando, bailando, haciendo complicados bucles. Me sentía sin el más mínimo control. Mi cuerpo estaba allí abajo en la cama aún moviéndose. ¡Dios, cuánto aborrecía eso! Me invadió la vieja angustia, esa falta de presencia.

Hice más lentas las caricias, retiré la boca. Me fui quedando callada, solitaria. La volví a mirar a la cara y la vi dura, rígida por la decepción.

-Lo siento, cariño – le dije pasado un momento –. Simplemente no puedo.

La vi dolida, con las lágrimas congeladas en los ojos. Habíamos intimado tanto.

Esa no era la primera vez que yo “desaparecía”. Ni la segunda. Ese era un terreno muy, muy conocido, en enorme abismo que se extendía entre nosotras, que se hacía más ancho cuanto más intimábamos.

-Adónde demonios te marchas? – me chilló. La paciencia de meses llegaba a su fin –. ¿Dónde demonios estás? Dime al menos qué te pasa.

Después, el silencio. Sus palabras retumbaban, se abrían camino, hundiéndose en lo más profundo de mí ser. Sentí que me ahogaban. Nada era real. No sabía dónde estaba ni a quién estaba mirando. Su rostro oscilaba delante de mí. No podía respirar. Dejé de ver. Dejé de hacer todo lo que no fuera sentir esas preguntas llegándome más y más dentro.

Debía de tener aspecto de estar destrozada, porque su cara se suavizó y me abrazó con los ojos llenos de preocupación y tierno amor.

-Respira, cariño – me dijo –. Sigue adelante y respira.

Eso es todo lo que recuerdo. Sé que pasaron algunos momentos, momentos callados y pensativos. Algo me estaba sucediendo. Lo sentía: una minúscula burbuja de verdad subía desde lo más profundo a la superficie, un conocimiento salía de un centro sin nombre, el tipo de conocimiento que penetra y atraviesa años de niebla y que no acepta negativas.

Empecé a llorar. Sollozos profundos, atroces, que me asustaron y confundieron, que me hicieron sentir impotente y dolorida, una niña que sufría.

Jamás había llorado así. ¿Qué me pasaba? Alguien me había hecho mucho, mucho daño.

Ella me acarició la frente y la cubrió a besos.

-Cariño, ¿de qué se trata?

Más llanto, más sollozos, más estremecimientos. Un terror, una verdad, un conocimiento demasiado horrible para decirlo, se estaba liberando finalmente. No reconocí las palabras hasta que salieron por mis labios. Sabía que iba a decir algo, pero no sabía que iba a ser.

-Abusaron de mí – dije, con una vocecita de niña, consiguiendo decir por fin esas tres palabras. Al oírlas cortar la quietud del aire mañanero, supe eran ciertas-. Abusaron de mí.

Dar entrada a los recuerdos

Pocas supervivientes piensan que tienen control sobre sus recuerdos. La mayoría piensa que son los recuerdos los que las controlan a ellas, que no pueden elegir el momento ni el lugar en que surge un nuevo recuerdo. Durante un tiempo se pueden mantener a raya, pero al precio de dolores de cabeza, pesadillas, agotamiento; no vale la pena diferir lo que es inevitable.

No todo el mundo sabe cuándo se acerca un recuerdo, pero muchas supervivientes tienen indicios, una cierta sensación, o una serie de sensaciones, que les avisan. Tal vez se hace un nudo en el estómago, o se duerme mal. También puede haber otro tipo de avisos.

Siempre sé cuando me van a venir. Me pongo muy tensa, me asusto mucho. Me enfado por cosas que normalmente no me enfadarían. Me pongo triste. Generalmente los primeros síntomas en aparecer son la rabia, la ansiedad y el miedo. Y tengo elección. Es una elección consciente. O lo quiero o no lo quiero. Y muchas veces decía “no quiero”. Y cuando hacía eso sencillamente me ponía cada vez peor. Me deprimía más. Me enfadaba sin ningún motivo.

Ahora  ya no digo que no lo quiero tener. No vale la pena. Parece que mi cuerpo necesita liberarlo. Cuanto más me curo, más me doy cuenta de que estos recuerdos están literalmente almacenados en mi cuerpo y que tienen que salir. De lo contrario los voy a tener que llevar toda la vida.

Si notas que un recuerdo viene en camino

  • Busca un lugar donde te sientas segura. Si estás en el trabajo, procura irte a casa y allí ve a tu lugar seguro (lee “Créate un lugar seguro”, capítulo 20); o ve a casa de una amiga íntima.
  • Llama a una persona que te apoye. Tal vez te haga falta estar con una persona comprensiva y que te apoye antes, durante o después de que tengas el recuerdo; puede ser tu pareja, una amiga, una compañera de un grupo de apoyo o tu terapeuta. O tal vez prefieras estar sola.
  • No te resistas. Lo mejor es relajarse y dejar que venga el recuerdo. No tomes fármacos, alcohol ni alimento para evitar que surja.
  • Ten presente que es sólo un recuerdo. Lo que vas a experimentar es un recuerdo de un abuso que te ocurrió hace mucho tiempo. Tu agresor no te está haciendo daño en el presente, aunque lo sientas así. Revivir un recuerdo es una parte de tu curación, no una prolongación del abuso.
  • Ten la seguridad de que vas a tener una reacción. Tener y revivir los recuerdos es una experiencia dolorosa, agotadora. Tal vez necesites un tiempo para recuperarte. Es mejor darse ese tiempo y no suponer que van a pasar rápidamente y podrás ponerte a hacer otra cosa enseguida.
  • Consuélate a ti misma. Tener un recuerdo es una experiencia dolorosa. Mímate, cuídate y regálate cosas especiales. (Lee “Mímate: Picnic con el osito de peluche”, capítulo 19.)
  • Cuéntaselo por lo menos a una persona. Aun cuando prefieras estar sola cuando tengas el nuevo recuerdo, es importante que se lo cuentes a alguien. Cuando eras niña sufriste sola. No tienes por qué volver a hacerlo.

Recordar con el tiempo

A veces ocurre que cuando has resuelto un grupo de recuerdos, otro se abre camino hacia la superficie.

Cuanto más trabajaba con el abuso, más recordaba. Primero recordé a mi hermano y después a mi abuelo. Pasados unos seis meses recordé a mi padre. Y más o menos un año después recordé a mi madre. Recordé los “más fáciles” primero, y los “más difíciles” al final. Aunque me traumatizó muchísimo darme cuenta de que toda mi familia había abusado de mí, había en ello algo tranquilizador. Durante mucho tiempo me había sentido peor que lo que me hicieron sentir los primero recuerdos, de manera que recordar el resto del abuso fue en realidad una de las cosas más estabilizadoras que me ocurrió. De pronto mi vida adquirió sentido.

El efecto de los nuevos recuerdos va cambiando con el tiempo. Una mujer que ha ido teniendo recuerdos a lo largo de los diez últimos años, afirma que recordar se le ha hecho más duro con el tiempo:

Mi primera racha de recuerdos los tuve cuando tenía veinticinco años. Los recuerdos que tengo ahora son más precisos: mayor detalle, más palpables. Aunque al principio hubo más sentimientos de conmoción y catarsis, los recuerdos son más duros ahora. Ahora creo en ellos, me duelen más. Tengo las emociones para sentir los efectos. Veo cómo eso ha afectado mi vida.

Laura también encuentra más duros los nuevos recuerdos:

Justo cuando pensaba que mi vida estaba volviendo a la normalidad y que podía dejar de lado el incesto, tuve otras imágenes; estas eran mucho más violentas que las que había visto antes. Me sentí furiosa. No quería empezar de nuevo con el asunto del incesto. Mi resistencia me hizo mucho más difícil recordar.

Otras supervivientes dice que los recuerdos se les han hecho más fáciles de recordar:

A medida que voy aceptando el hecho de que fui víctima de abusos, las nuevas imágenes, los nuevos incidentes que recuerdo no tienen el mismo efecto. Ya no tengo que esforzarme por creer que sucedió cada vez que he de colocar otro trozo en su lugar. Una vez que tuve el marco donde poner los nuevos recuerdos, mi período de recuperación se fue haciendo más corto. Así como los primeros recuerdos me tenían postrada durante semanas, ahora igual lloro unos diez minutos o me siento deprimida durante una hora. No es que no tenga nuevos recuerdos, sólo se trata de que ya no me aniquilan.

Además, los nuevos recuerdos no le quitan nada a la curación que ya se ha hecho. Paradójicamente, ya se está sanando de los efectos de las cosas que aún no se recuerdan.

La verdad esencial de los recuerdos

Los recuerdos de abusos sexuales en la infancia pueden ser extraordinariamente precisos. En las ocasiones en que el agresor está dispuesto a contar su versión de los hechos, su historia se ajusta casi a la perfección con la que recuerda la superviviente. Cuando los hermanos u otros familiares cuentan la parte de que han sido testigos, también suele haber una sorprendente correlación. Y cuando el agresor no es de la familia, otras de sus víctimas suelen relatar abusos notablemente similares.

No obstante, los recuerdos del abuso sexual en la infancia, igual que otros recuerdos más normales, no son registros totalmente objetivos de lo que ocurrió, y probablemente hay en ellos cierto grado de distorsión. Es posible que la sucesión de los hechos esté ordenada de otra manera, o que muchos incidentes se vean como uno solo. A veces, la manera como se experimentó el abuso lleva a distorsionarlo. Un ejemplo corriente es la descripción de tamaños. Una niña pequeña puede recordar que su agresor era gigantesco o que sus genitales ocupaban todo su campo de visión. Una superviviente víctima de abusos por parte de un profesor, recordaba que la escuela era enorme, con el cielo raso muy alto y anchos corredores. Cuando volvió allí de adulta se sorprendió al comprobar lo pequeña que era en realidad la escuela.

Otra superviviente creía que habían abusado sexualmente de ella con un chupachups. Cuando fue a ver a sus padres y les contó lo que recordaba, ellos le manifestaron que había sido el pediatra el que había abusado de ella durante las visitas de rutina. Al final de cada visita, el pediatra le daba un chupachups. Esta mujer, aun habiendo hablado del abuso cuando era pequeña, y con padres que habían reaccionado de manera correcta, había olvidado totalmente el suceso. Sólo comenzó a recordar cuando, ya adulta, estaba en terapia y trataba de darle sentido a las imágenes de chupachups y recuerdos de dolor en la vagina.

A veces la distorsión en los recuerdos de las supervivientes sirve de escudo protector contra otro recuerdo más doloroso o perturbador. Una superviviente creía que era la chica que la cuidaba la que había abusado de ella. Después descubrió que en realidad había sido su madre.

Otra superviviente recordaba haber visto a su padre obligando a su hermana adolescente a hacerle sexo oral. Recordaba que una vez que había terminado con su hermana, su padre iba a darle las buenas noches a ella, con un beso, y que “ese beso dolía”. Pero estaba segura de que su padre no abusaba de ella. Con el tiempo recobró los recuerdos completos de que lo que le dolía no era solamente su beso, sino que también a ella la había violado con sexo oral.

Aunque pueden existir inexactitudes en los recuerdos, aún se puede trabajar con lo que se recuera, como indicador de lo que se sintió o experimentó. Una superviviente refiere que recordaba que su agresor le metía un cuchillo en la vagina. Pero explicaba que no creía que eso fuera lo que había sucedido realmente. No había sangre ni cicatrices, y no recordaba haber visto el cuchillo. Suponía que él le había penetrado la vagina, tal vez con el dedo o el pene, y la sensación había sido tan dolorosa, tan cortante, que en su mente infantil sólo pudo pensar que era un cuchillo.

La forma como estas mujeres han trabajado con sus recuerdos es un buen modelo. Es correcto que cambie el entendimiento de la infancia a medida que se incorporan nuevas informaciones y se sabe más. Descubrir, comprender e integrar el pasado es una parte continuada del proceso de curación. (Encontrarás más detalles sobre la exactitud de los recuerdos en la sección “Lo que sabemos y lo que no sabemos sobre la memoria”, en la Quinta parte.)

“Pero es que no tengo ningún recuerdo”

Por lo general, cuando una mujer manifiesta creer que abusaron sexualmente de ella pero carece de recueros, lo que quiere decir es que no puede contar el abuso como una historia de principio a fin. Sin embargo, una vez que las mujeres comienzan a hablar con detalle sobre su infancia, suelen relatar acontecimientos que eran encubiertamente sexuales, o incluso abiertamente abusivos.

Recuerdo la primera vez que le conté a mi terapeuta cómo mi madre me ponía enemas. Me obligaba a echarme sobre la esterilla del cuarto de baño y me hablaba con mucha dulzura. Generalmente era brusca con nosotros, como si siempre les estorbáramos y no quisiera molestarse con nosotros, pero a la hora de los enemas me dirigía toda su atención, me acariciaba y me decía lo buena chica que era yo. Me acariciaba las piernas, los muslos y las nalgas, diciéndome que sólo quería relajarme.

Cuando se lo conté a mi terapeuta, ella me preguntó con qué frecuencia ocurría esto. Yo le dije que cada día, tan pronto yo llegaba de la escuela. Jamás olvidaré la expresión de su cara. No tuvo que decir ni una sola palabra.

Es posible que no recuerdes incidentes particulares como el que describe esta mujer, pero seguramente vas a descubrir que sabes más de lo que crees saber acerca del ambiente en el que te criaste. Los incidentes concretos de abuso sexual no ocurren normalmente como brotes aislados en una familia por lo demás sana. Tal vez recuerdes claramente momentos en que te sentiste utilizada, humillada, despreciada, manipulada o ahogada.

Siempre he recordado la violencia; mi padre golpeaba a mi madre. No es que ocurriera con mucha frecuencia, pero nunca se sabía cuándo iba a ocurrir. Él estaba furioso todo el tiempo. Nosotros nos encogíamos en la cama y nos tapábamos la cabeza con la almohada, o cantábamos canciones de la tele para ahogar el ruido. Nunca se nos permitió llevar amigas a casa. Mis hermanas y yo estábamos siempre de peleas. Yo me sentía desesperadamente sola.

Cuando se explora lo que se sabe sobre la propia infancia, a veces se recuerdan más cosas.

También hay ocasiones en que la mujer no tiene recuerdos de abuso sexual porque no ocurrieron incidentes concretos. Puede que se haya visto inmersa en un ambiente de traspaso de límites, miradas lascivas, comportamiento sexualmente insinuante o incesto emocional.

Mi padre me convirtió en su mujer tras la muerte de mi madre me colocó en su lugr. Me enviaba ramilletes de flores dirigidas a “Mi bienamada”, me traía preciosas cajas de chocolates, me disfrazaba. Incluso me regaló un anillo con un pequeño diamante y me lo puso en el dedo. Todo el mundo pensaba que era tan cariñoso, tan encantador. Pero a mí eso me enfermaba y confundía terriblemente. ¿A qué niña no va a entusiasmar esa atención? Yo lo adoraba. Pero bajo toda esa adoración había una especie de posesión. Eso ha afectado a todas las relaciones que he tenido.

Estuve en terapia tres años, buscando, explorando, suponiendo que iba a descubrir algún incidente de violación o acoso. Pero él nunca hizo nada de eso. Todo fue emocional.

Muchas mujeres nunca recuerdan todo lo que les sucedió. Puede haber lagunas ue se van llenando a medida que se progresa en la curación, pero también es posible que haya aspectos de la experiencia que jamás se recuperen totalmente.

Afortunadamente, es posible curar de los efectos del abuso sexual en la infancia aun si los recuerdos son incompletos. Una superviviente de 38 años describe su relación con su padre como “emocionalmente incestuosa”. Nunca ha tenido recuerdos concretos de contacto físico entre ellos, y durante mucho tiempo se sintió atormentada porque no conseguía tener ningún dato sólido. Sin embargo, con el tiempo llegó a aceptar su falta de recuerdos.

¿Necesito saber si ocurrió físico entre mi padre y yo? En realidad, creo que hay que ser lo suficientemente fuerte para saberlo. Creo que nuestras mentes son maravillosas en su modo de protegernos, y pienso que cuando sea lo suficientemente fuerte para saberlo, lo sabré.

Durante un año más o menos viví obsesionada por recordar, hasta que me cansé de nadar por ahí hablando de lo que no podía recordar. Pensé “De acuerdo, voy a hacer como si”. Es como cuando llegas a casa y te encuentras con que han entrado a robar; todo está tirado por la habitación, la ventana está abierta, la cortina se agita al viento y el gato se ha marchado. Sabes que alguien te robó pero jamás vas a saber quién fue. ¿Qué haces entonces? ¿Sentarte allí a tratar de descubrirlo mientras todas las cosas están tiradas? No, comienzas a limpiar y a ordenar. Colocas rejas en las ventanas. Supones que alguien estuvo allí. Alguien podría venir y decir: “Veamos, ¿cómo sabes que alguien estuvo aquí?”. No lo sabes.

Así fue como actué. Tenía los síntomas. En todos los grupos para el incesto a los que iba me sentía identificada. Todo el tiempo me sonaban alarmas. Sentía como que había algo a lo que no podía llegar, que no era capaz de recordar todavía. Y mi curación estaba bloqueada allí.

Parte de mi deseo de tener recuerdos concretos se debía a que me sentía culpable de poder estar acusando a ese hombre de algo atroz: ¿y si no lo hubiera hecho?¡Era horrible de mi parte acusarlo! Por eso deseaba los recuerdos. Quería estar segura. Socialmente siempre se ha acusado a las mujeres de quejarse de violaciones.

Pero tuve que preguntarme: “¿Por qué estoy yo sintiendo todo esto? ¿A qué se debe toda esta angustia si no ha ocurrido algo?”. Si no consigues llegar a los hechos concretos, entonces has de continuar con lo que tienes.

Me quedó el daño. Y a eso se debe que cuente la historia del ladrón. Estoy en posesión del daño. Deseo mejorar. He estado muy enferma a consecuencia del daño, y llegó un momento en que comprendí: “Tengo 38 años. ¿Qué puedo hacer? ¿Esperar otros veinte años para tener un recuerdo? Más vale que me ponga bien ya.

Entonces podría ser que cuanto más fuerte me ponga, más recuerdos vendrán. Tal vez estoy poniendo el carro delante de los bueyes. Tal vez he recordado todo lo que soy capaz de recordar sin desmoronarme. No quiero volverme loca. Quiero estar presente en el mundo. Tal vez me conviene seguir con esa protección. He aquí una superviviente y es bastante lista. Voy a continuar pues con las pruebas circunstanciales y voy a trabajar en curarme. Voy a los grupos para el incesto  y le digo a la gente: “No tengo ninguna imagen”, y continúo hablando sobre mi padre, y nadie me ha dicho jamás: “¿Qué haces aquí?” No eres de las nuestras”.

El proceso de recordar es distinto para cada superviviente. Si se recuerda muy poco del abuso, o de toda la infancia, puede ser difícil definir claramente la experiencia. Pero si hay un dolor y sufrimiento profundo, tiene que haber un motivo. Podría no ser abuso sexual, pero hay algo que es necesario identificar y tratar. No es locura sentir tanto dolor.

Aunque el deseo de saber y de darle nombre a la experiencia nos puede parecer urgente, suele llevar bastante tiempo explorar y descubrir nuestro pasado. Trata de tener paciencia contigo misma. No te precipites. Puede avanzar de manera importante en tu curación aun cuando no logres captar exactamente qué sucedió.

Ejercicio escrito: Lo que te ocurrió

(El método básico para hacer los ejercicios escritos se explica en la página 41).

Escribe acerca de tu experiencia del abuso sexual cuando eras niña.

A muchas mujeres les resulta muy difícil decir que fueron víctimas de abusos sexuales. Cuando llegan a decirlo suelen hacerlo en frases muy generales: “Mi hermano me importunaba sexualmente”, “Me violaron cuando tenía diez años”. Rara vez se cuentan los detalles, en parte porque ya es muy difícil contar los hechos generales y, en parte, por ahorrarles esos detalles a los oyentes, por no abusar de su amabilidad.

Pero esa escueta afirmación: “Mi padrastro abusó de mí” no es la forma en que convives con el abuso, no es la forma como experimentas los recuerdos e imágenes retrospectivas. No describe en absoluto el terror que sientes cuando algo activa tu memoria. Lo que recuerdas es cómo caía la luz sobre las escaleras, el pijama que llevabas, el olor a alcohol de su aliento, la sensación de las piedras o grava en tu espalda cuando te lanzaron al suelo, la aterradora risita, el sonido de la televisión en el piso de abajo. Cuando escribas, pon todos los detalles sensoriales que puedas.

Si los abusos continuaron durante demasiado tiempo y fueron demasiados los agresores como para escribirlo todo en media hora, escribe lo que puedas. No te preocupes sobre el orden de las experiencias por relatar. Comienza con la que te parezca más accesible o con la que sientas más necesidad de enfrentar. Este ejercicio lo puedes hacer muchas veces.

Si no recuerdas lo que te ocurrió, escribe lo que sí recuerdas. Recrea el contexto en el cual ocurrió el abuso, aunque todavía no recuerdes los hechos concretos. Describe dónde vivías cuando eras niña, lo que pasaba en ese tiempo en tu familia, en tu barrio o vecindario, en tu vida. Muchas mujeres creen que no recuerdan, cuando en realidad recuerdan bastantes cosas. Pero, puesto que las imágenes no vienen en orden y no llenan el cuadro completo, no se sienten con derecho a llamar “recordar” a lo que saben. Cuando eso que se recuerda se utiliza plenamente, por lo general vienen más recuerdos.

Si llegas a cosas que te resultan muy difíciles de expresar, demasiado dolorosas o humillantes, procura escribirlas de todas maneras. No es necesario que le muestres a nadie lo escrito si no quieres, pero para sanar tienes que ser sincera contigo misma. Si hay algo que de ningún modo te sientes capaz de escribir, por lo menos escribe que hay algo que no puedes o no quieres escribir. De esa manera te dejas una señal para ti misma, el reconocimiento de que hay algo difícil.

Si te sales del tema, no te obligues a volver inmediatamente a él. A veces lo que parece no venir al caso nos conduce a algo más esencial. Aunque te convenga atenerte al tema, hazlo con plena libertad.

No hay maneras correctas ni incorrectas de hacer este ejercicio. Puedes escribir de forma lineal, contando tu historia en orden cronológico. Puede ser una lluvia de sentimientos y sensaciones. O puede ser vago, uniendo retazos y trocitos. Como harás en todos los ejercicios escritos, no intentes juzgar ni censurar. No pienses que debes conformarte a algún modelo, ni tampoco compares tu escrito con los de las demás. Esta es una oportunidad para descubrir, para revelarse y sanar, no para cumplir ni para satisfacer las expectativas de nadie, ni siquiera las tuyas.

Gracias por el cielo

Teresa Strong

La poesía de este ejercicio de Teresa Strong es muy gráfica y profundamente conmovedora. Esperamos que te estimule a contar tu propia historia.

Es la media luz del amanecer, mundo gris, mundo de sueños, momento intemporal. Estoy dormida, o al menos creo que lo estoy. Estoy soñando, o tal vez estoy tan loca como mi abuela. Estoy durmiendo en la habitación de atrás y escucho entrar a mi abuelo (y sé que no es realmente mi abuelo). Se sienta a un lado de la cama en que yo dormía, aquella en la que ahora duerme mi sobrina. (Sacadla de esa maldita cama. Deberían quemarla, romperla, destruirla. Nadie debería dormir en esa cama.)

Se sienta en la cama y comienza a sacarme del sueño pasándome la mano por encima de las mantas (todo el mundo está dormido), por debajo de las mantas y por debajo del camisón y sobándome toda entera. La mano es suave y me acaricia, y no sé qué pasa pero lo siento como una carga eléctrica, como si pasara vida a través de mí. Y es agradable ser acariciada, y a veces simulo estar dormida, y a veces estoy dormida y él sigue tocado, sobando y deslizando su mano, y entonces, en algún momento del cosquilleo y en la vida que pasa a través de mí, surge un aviso: ¡PELIGRO, PELIGRO, PELIGRO! ¡BASTA! Y es entonces cuando él comienza a acelerar y ya no sigue acariciando. Me tiene agarrada, me manosea y me aprieta y se echa sobre mí. Todo lo que veo son bolas de frío acero donde tenía los ojos. Está sobre mí y con el rabillo del ojo sólo puedo ver el cielo y una hoja. Me agarro a ellos.

Ese es el cielo. Sé que es el cielo. Ese es un trozo de cielo y esa es una hoja. Sé que es una hoja. Estoy aferrada al cielo con mi ojo y él me está susurrando al oído: “Ay preciosa, ves cómo te gusta esto y aún falta lo mejor”.

Oigo el ruido de la cremallera que se abre. Mi cuerpo se sacude y se debate bajo el suyo. Yo digo que eso se debe a que estoy tratando de huir y él casi se ríe (esas son las únicas veces en que lo vi sonreír) diciéndome que a mí me gusta mucho eso. Su toque ya no es humano. Me aprieta y me aplasta. Y entonces está su pene delante de mi cara y sé que o estoy soñando, o loca o a punto de morir, y mi única esperanza es agarrarme al cielo. Y eso hago.

Ese es el cielo y esa es una hoja, y él me mete el pene en la boca. Me muero mirando al cielo y él mete y saca el pene, y siento como que en un instante se me va a partir el paladar. Y siento como entra hasta el fondo de mi garganta. ¡No puedo respirar! ¡No puedo respirar! ¡Necesito vomitar! ¿DÓNDE está el cielo? ¿DÓNDE está la hoja? No veo nada. Voy a vomitar. Quiero MORIRME. Abandono mi cuerpo. Me escondo en mi frente y después en el cielo. Me arde la garganta. Él acaba mitad en mi garganta, mitad en mi cara. Trato de recuperar el aliento. Él me cierra las mandíbulas y pierdo de vista el cielo. TENGO que ver el cielo: es mi única esperanza de salir viva de aquí.

A veces me limpia la cara y a veces me obliga a tragármelo. A veces sonríe y me acaricia durante un largo rato. A veces pierdo de vista el cielo y me desmayo. Y cuando despierto con los ruidos de la preparación del desayuno, el mundo está normal y bien.

Con el tiempo ya ni se molesta en acariciarme, abrazarme ni tocarme. Pero cada vez, antes de irse, se inclina, me roza la oreja con su nariz y me susurra: “Recuerda, preciosa, aquí no ha ocurrido nada”. Y deseosa de complacer, lo recuerdo muy bien.

Una vez le digo a mi madre que me deje dormir en otra habitación, pero ella se niega porque ya tengo cuatro años, soy una niña grande. La historia de mi abuelo cambia. A veces me dice que si lo digo, todo el mundo va a saber que estoy loca y me enviarán lejos. Pero que, a diferencia de mi abuela, él va a asegurarse de que nunca vuelva. También me dice que, dado que a mí me gusta tanto eso (y entonces me vuelve a acariciar como no lo ha hecho durante mucho tiempo, y a mí me agradan las caricias), si alguien se entera me encontraré en un gran problema, porque sólo a las putas/ niñas malas/ gente loca les gusta que las toquen así. Y además, me dice, vamos a su casa todos los años durante las vacaciones de mi padre.

De modo que cuando llega el amanecer, simulo estar dormida todo el tiempo que puedo hasta que él me despierta. Y cuando no puedo hacer eso busco el cielo. Y guardo los secretos de que me gusta que me toquen y de que estoy loca. Engaño a la gente sacando buenas notas para que nadie se entere de que estoy loca. Y no dejo que nadie me toque, para que no sepan que me gusta. Y me agarro al cielo.

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