Sanarnos, sanar a nuestro mundo

Comparto este capítulo de “Cuerpo de mujer sabiduría de mujer” de la Dra. Christiane Northoup. Este libro me ha permitido entender mejor mi cuerpo en conjunto, más allá de los órganos físicos, a descubrir el significado de mis ciclos y respetarlos, a rescatar mi intuición y a volver a conectar con mi fuerza y la creatividad latentes en mi interior…

Todas hemos de reconocer nuestro legado cultural femenino y dar testimonio de él si queremos sanar. En nuestro cuerpo llevamos no sólo nuestro propio dolor, sino también, aunque sin saberlo, el de nuestras madres y abuelas. El odio a su cuerpo es muy profundo en muchas mujeres, tiene una profundidad de generaciones. La mayoría tuvimos madres que fueron educadas para desconfiar de su cuerpo y sus procesos corporales. Así fueron educadas sus madres, abuelas y bisabuelas antes que ellas.

De vez en cuando tengo una experiencia muy intensa de entrar en un lugar dentro de mí misma al que llamo «el dolor de las mujeres». La primera vez que me ocurrió fue en una sesión intensiva con Anne Wilson Schaef; sentí que mi conciencia retrocedía en el tiempo a medida que se desprendían capas y más capas, siglos y más siglos de negación. Mi entrada en ese proceso ocurrió cuando Anne me dijo: «Estás muy cansada», y me sugirió que me tumbara sobre una estera para ver «qué surgía». Que una mujer, una mentora, reconociera mi cansancio en lugar de exigirme más sacrificio fue una de las experiencias más profundas de mi vida.

Al principio, cuando ella se sentó a mi lado y me dijo que permaneciera conmigo misma, sentí la fuerza con que mi cuerpo se resistía a sentir lo que estaba sintiendo. Experimenté lo buena que era para tragarme las lágrimas y continuar haciendo lo que fuera que tuviera que hacer. Pero finalmente, cuando Anne me sugirió que me limitara a estar conmigo misma, sentí cómo mi conciencia retrocedía en el tiempo pasando por todas las épocas en las que no descansaba jamás: cuando tuve a mis hijas, durante mis prácticas como residente, en la facultad, durante los estudios preuniversitarios y en el instituto. Continuó retrocediendo hasta llegar a mi infancia. «No pidas una carga más liviana, sino una espalda más fuerte», oí decir a mi madre. Entonces lloré por mí y por esa parte mía que tanto necesitaba descansar. Cuando lloré todas las lágrimas que jamás había derramado por mí, comencé a llorar por mi madre, por todas las veces que no se le había permitido sentir ni descansar, por todas las veces que pasó toda la noche en pie cuidando a un hijo enfermo, por la infinita aflicción de perder a dos hijos.

Y cuando acabó esa parte, sentí el dolor de mi abuela, criada por su hermana de doce años porque su madre murió de parto. Cuando acabé eso, continué retrocediendo más aún, hasta seguir llorando por todas las mujeres, por todo el dolor, por todos los partos no asistidos, por todas las injusticias, durante tantos miles de años. Lo que comenzó siendo algo muy personal se convirtió en universal: no era mi dolor, sino el dolor.

Cuando esto acabó, muchas horas después, sabía exactamente por qué estaba en la Tierra y cuál era mi misión: trabajar por la sanación de ese dolor colectivo. En un relámpago supe que no había ningún error, que estaba destinada a convertirme en tocóloga y ginecóloga, y que ningún otro camino me habría servido tan bien. Supe por qué, hacía muchos años, lloré en la Facultad de Medicina la primera vez que vi el nacimiento de un bebé: había entrado en el campo de la experiencia femenina, con todo el dolor y el miedo que conlleva. Ver el parto me produjo emociones para las cuales no tenía palabras en ese tiempo, en 1973. Entonces sólo supe que ese parto me había conmovido de tal manera que para mí no había ningún otro campo en la medicina aparte del cuidado a las mujeres. Pero entonces me tragué esas emociones, en lugar de experimentarlas plenamente, igual que hacía en tantas otras ocasiones.

Dos días después de esta experiencia me vino la regla; eso me confirmó que nuestro material más profundo suele aflorar a la conciencia antes de la menstruación, la fase en que el velo entre los mundos es más tenue.

Una semana después, le conté a mi madre, por teléfono, mi experiencia de este profundo proceso. Cuando acabé, ella estuvo callada un buen rato. Finalmente me dijo: «Abusaron sexualmente de mí. Recuerdo la habitación, recuerdo el olor de su pipa. Lo veo como si estuviera ocurriendo en este momento. Fue Bill, el hombre a quien mi madre le alquilaba una habitación de la casa. Me dijo que nunca se lo dijera a nadie. Me sentí sucia. Tenía ocho años».

A sus 63 años, mi madre nunca había recordado antes de ese momento esa parte de su historia. De alguna manera yo había accedido a la memoria familiar con mi proceso, y el contenido le fue más accesible a ella también. Un mes antes de eso, mi madre había estado teniendo un sueño recurrente en el que tenía horribles erupciones en el cuerpo, y despertaba aterrada. En ese momento se dio cuenta de que esos sueños estaban relacionados con ese abuso durante tanto tiempo suprimido; las erupciones en la piel eran símbolos del material que estaba a punto de aflorar a la conciencia, que se hallaba justo bajo la superficie, un material feo, horroroso.

Mi madre estaba sola en su cabaña cuando la llamé y recordó el abuso. Le pregunté si estaría bien después de que colgáramos. Me dijo que sí, pero que me llamaría si necesitaba ayuda. Le recomendé que estuviera dispuesta a permanecer con «lo que no era aceptable». Ella oró pidiendo orientación y se permitió experimentar los horribles sentimientos que afloraron con el recuerdo del abuso sexual. Después se fue a la cama. Era una cálida noche de otoño y tenía abierta la ventana de la buhardilla. Después me contó que entraron tres luces azules por la ventana, seguidas por una gran esfera brillante de luz blanca. Lo siguiente que recuerda es que ya era de mañana. Despertó con una profunda sensación de paz, sabiendo que había tenido una experiencia de la gracia.

 

Nuestra madre, nuestras células

Nuestros recuerdos están almacenados en nuestro cuerpo. Después de una biopsia uterina afloran recuerdos de incesto, y después de una operación pélvica surge tristeza; todo esto tiene un motivo. Llevamos nuestra historia personal en los tejidos que nuestra conciencia va creando; allí queda, como un banco de datos hasta que la transformamos. Pero llevamos mucho más que lo puramente personal. En cierto modo llevamos a todos y a todo, lo colectivo; todo está dentro y alrededor de nuestras células.

Se sabe que el ADN mitocondrial, es decir, el ADN que lleva a cabo las actividades diarias del citoplasma de la célula, se hereda exclusivamente por la línea materna. Toda la raza humana puede remontarse a un grupo de mujeres de África. Este hecho da validez científica a mis experiencias y a las de mis pacientes que han entrado en dominios de la experiencia que no calzan con el pensamiento lógico. A veces los síntomas corporales son la puerta de entrada no sólo a nuestro dolor individual, sino también al dolor colectivo.

Un antiguo dicho sufí capta la esencia de lo que esto significa y de lo que cada una de nosotras debe hacer con ello:

Supera cualquier amargura que pueda venirte debido a que no estuviste a la altura de la magnitud del dolor que se te confió.

 

A semejanza de la madre del mundo, que lleva el dolor del mundo en su corazón, cada uno de nosotros, que formamos parte de su corazón, acarrea en sí mismo cierta medida del dolor cósmico. Tú participas de la totalidad de ese dolor.

 

Estás llamado a recibirlo con alegría, no con autocompasión. El secreto es ofrecer tu corazón como un vehículo para transformar en alegría el sufrimiento cósmico.

Stephen Levine me ha enseñado que el trabajo que hacemos para dejar marchar el sufrimiento disminuye el sufrimiento de todo el Universo. Cuando tenemos espacio para nuestro dolor, tenemos espacio para el dolor de los demás y en realidad ayudamos a «llevar» el sufrimiento de los demás. Sólo entonces el dolor puede transformarse en alegría.

 

Rito de recuperación

Hace varios años, Brenda, mi amiga íntima de la infancia, decidió quitarse el DIU para quedarse embarazada. Desde hacía 18 años llevaba estos dispositivos anticonceptivos sin ningún problema, pero a sus 40 años conoció a un hombre con el que quería compartir su vida y tener hijos. Puesto que esa decisión era un punto decisivo importante en su vida, quería compartirlo con una amiga, y por lo tanto me pidió a mí que se lo quitara durante una de sus visitas a Maine.

Decidimos hacer una sencilla ceremonia antes de la intervención, para poner intención y conciencia en el proceso de quitar el DIU e invitar a entrar a un hijo. Así pues, una gloriosa mañana de otoño, con los árboles resplandecientes de color, fuimos a Women to Women, hicimos un círculo con telas sobre la alfombra de mi consulta, cogimos una maceta de geranios de una oficina y reunimos algunas conchas para colocar dentro de nuestro círculo; llenamos una concha con agua y encendimos algunas velas. Después, sentadas fuera del círculo, dimos las gracias a las fuerzas de la naturaleza, a Dios y a los misterios de la vida y los invitamos a estar presentes con nosotras.

Llamamos por teléfono al novio de Brenda (en esos momentos estaba en su trabajo en otro estado). Les pedí que hablaran sobre sus miedos y esperanzas con respecto al hecho de tener un hijo, y eso hicieron. El novio ya había tenido un hijo hacía muchos años, pero estaba deseoso de tener la oportunidad de participar plenamente en el proceso. Su apoyo y su amor por Brenda quedaron muy claros y evidentes cuando hablaba; no tenía la menor duda de su deseo de experimentar conscientemente la paternidad. Su compromiso de apoyarla era fuerte y estimulante. Su relación parecía ser la encarnación misma de lo masculino en su mejor aspecto cuando apoya plenamente a lo femenino.

La propia Brenda, aunque deseosa de tener un bebé, expresó su mayor preocupación al respecto: no saber dar a luz. A pesar de su temor, estaba dispuesta a quitarse el DIU. Se despidió de su novio, prometiéndole llamarlo tan pronto como hubiera acabado la intervención.

Entonces entramos en la sala de examen y le inyecté un poco de anestesia local en el cuello del útero. Cuando se sintió preparada, le pedí que tosiera mientras yo tiraba del DIU (toser mientras se introduce o saca algo por el cuello del útero suele interferir en las vías del dolor y hacer así más fácil y menos molesta o dolorosa la operación).

Le expliqué que tendría una sensación visceral del útero cuando le sacara el DIU y que ese sería un buen momento para que sintonizara con la información almacenada allí. Le dije que el cuerpo almacena recuerdos y que estos a veces salen a la superficie durante una operación en la consulta, por ejemplo una biopsia del endometrio o la extracción de un DIU. Le expliqué que después de la intervención yo dedicaría algún tiempo a «restablecerle el campo energético» colocándole las manos sobre el útero. Lo único que tenía que hacer ella era prestar atención a cualquier pensamiento o sentimiento que surgiera.

El DIU salió sin ninguna dificultad. Después le quité los talones de los estribos, la dejé allí tendida y le pasé varias veces las manos desde la cabeza a los pies, con el toque terapéutico. Cuando acabé, le coloqué las manos sobre la parte baja del abdomen. Ella comenzó a llorar y reír al mismo tiempo mientras su cuerpo liberaba la tensión y la carga emocional ligada a este tipo de operación. La animé a hacer lo que fuera que se sintiera movida a hacer. Y le recordé que sencillamente permaneciera con lo que surgiera.

Después de unos cuantos sollozos, cerró los ojos y comenzó a reírse. Me explicó que estaba en un bosque en el que entraba luz por en medio de elevados árboles. Ella era joven, demasiado joven. Entonces volvió a asustarse. En ese momento yo no sabía qué estaba pasando exactamente, pero continué con las manos puestas sobre su abdomen. Me dijo que era agradable sentir mis manos y que quería que las mantuviera allí.

Continuó contándome su experiencia. Era una chica sola en el bosque. Estaba embarazada y no tenía a nadie que la ayudara y la apoyara. De pronto su cuerpo comenzó a experimentar algo parecido a la labor del parto. Repetía una y otra vez: «Es demasiado pronto, no sé hacer esto». Comenzó a tener contracciones y después a pujar (he acompañado a suficientes mujeres durante la labor del parto como para saber lo que ocurre en el cuerpo de una parturienta). Pasados unos diez minutos, se miró hacia abajo y vio a un bebé nacido muerto del tamaño de 30 semanas, según como lo describió. Y me preguntó: « ¿Qué es esa cuerda blanca que me entra en la vagina?». Lo que describía era el cordón umbilical. Le dije lo que era y le expliqué que tendría que expulsar la placenta. Entonces su cuerpo hizo otras contracciones y los movimientos de expulsar una placenta. Brenda jamás había visto un bebé prematuro de 30 semanas, ni una placenta ni un cordón umbilical blanco translúcido, pero los describió perfectamente, aunque con la curiosidad de una chica que no sabía qué le estaba ocurriendo, no de una mujer de mundo de 40 años.

En ese momento, una vez finalizado el parto, comenzó a reírse y a cantar: «Ua-nan-ta, ua-nan-ta». Parecía un idioma indio norteamericano. En esos momentos dijo: «Conozco ese idioma». Ojalá hubiera tenido allí un magnetófono; podríamos haber descubierto qué idioma era.

Continuamos en la sala de examen un rato más mientras ella volvía al siglo XX y estiraba las piernas. Las dos estábamos sorprendidas por lo que acababa de suceder. Le recordé que en realidad su cuerpo sí sabía dar a luz, acababa de pasar por ello, aunque no en un plano al que pudiéramos llamar convencionalmente físico. Sin embargo, su cuerpo ya «sabía» o «recordaba» cómo eran la labor del parto y el parto, y su temor al proceso desapareció. Volvimos a mi consulta, cantamos una nana y apagamos las velas. Cuando se sintió preparada, llamó a su novio y le contó la experiencia.

Brenda había entrado en el inconsciente colectivo, había logrado acceder a cierto antiquísimo recuerdo que todavía vivía en sus células. Fue una experiencia extraordinaria. Creo que al quitarle el DIU y permitir que se desplegara su proceso, logramos sanar algo profundo, en un plano que nos es accesible a todas, pero que rara vez nos permitimos tocar.

Nuestro cuerpo contiene información que supera la capacidad intelectual de nuestra mente para entender. Somos mucho más de lo que creemos que somos.

 

Superar el miedo a nuestro pasado chamánico

En la Edad Media quemaron a nueve millones de mujeres por brujería. Esta locura con las brujas, alimentada por la Iglesia Católica, duró cien años y ha sido bien documentada. No es infrecuente que mujeres que están recuperando su poder o expresando sus verdades personales tengan terribles pesadillas en las que son quemadas. Esto lo he oído innumerables veces en mi trabajo. Esa parte de nuestra historia ha estado suprimida durante siglos, pero ahora está aflorando a nuestra conciencia para ser limpiada y transformada, de modo que las energías femenina y masculina puedan formar una verdadera unión dentro de cada cual y los hombres y mujeres podamos crear juntamente como iguales.

Cuando escribí sobre el miedo a nuestro pasado en la primera edición de este libro, no tenía idea de con qué potencia lo llevaba yo también. Después de publicado el libro, las pesadillas que tuve cada noche durante una semana, en las que me asesinaban, me hicieron ver lo proféticas que habían sido mis palabras.

Cuando una mujer comienza la tarea de sanar su cuerpo y decir su verdad, debe romper el campo colectivo de miedo y dolor que nos rodea por todas partes y que ha existido durante los últimos cinco mil años de sociedad dominadora. Es un campo saturado de miedo a la violación, a los golpes y maltratos, al abandono.

Rupert Sheldrake, un famoso biólogo británico, postula que todo el conocimiento del pasado de la Tierra existe a nuestro alrededor en forma de campos electromagnéticos de información, o «campos morfogenéticos». Cuando un atleta bate por primera vez un récord mundial, señala Sheldrake, generalmente ha trabajado durante años para lograrlo, y suele decírsele que eso no se puede hacer, que es humanamente imposible; en otro tiempo se creía, por ejemplo, que nadie podría jamás correr una milla en menos de cuatro minutos. Sin embargo, una vez batido el récord, de pronto los atletas de todo el mundo comienzan a batirlo a su vez. Sheldrake explica que la primera persona que bate ese récord mundial cambia el campo morfogenético que rodea ese récord, facilitando así a otros igualar ese rendimiento entrando en el nuevo campo morfogenético.

Mujeres de todo el mundo están encontrando el valor para romper el campo morfogenético colectivo de vergüenza, miedo y dolor. Hace poco una de mis pacientes fue a ver a su padre para decirle cómo era crecer en una casa en la que él había abusado sexualmente de ella y sus hermanas durante años. Se plantó delante de él y se lo dijo todo, no para cambiarlo, sino para romper los años de silencio. Después me comentó: «Estoy dispuesta a aparecer en la televisión nacional a explicarlo dando el nombre de mi padre. ¡No sólo arruinó mi infancia, sino que además ha abusado de casi todas las niñas de mi barrio!». Este es un primer paso hacia la transformación; el verdadero perdón no puede llegar mientras la mujer no dé este paso.

A otra de mis pacientes le hicieron hace poco una mastectomía; cuando le preguntan rutinariamente cómo le va, aunque sea uno de sus colegas de negocios que no lo sabe, contesta con naturalidad: «Estoy recuperándome muy bien de la mastectomía. Sabes que me operé, ¿verdad?». Estas dos mujeres están rompiendo el silencio, soltando los secretos que nos tienen atrapadas a todas. Están diciendo: « ¡Basta, se acabó!». En todo el mundo, mujeres como ellas están cambiando el campo morfogenético del miedo y el silencio.

Romper el silencio requiere valor. No conozco a ninguna mujer que haya destapado su fuente interior de poder sin pasar por un casi impalpable velo de miedo, muchas veces con la sensación de que pondría su misma vida en peligro por decir la verdad.

La periodista Vivían Gornick dice: «Salir del miedo para una mujer es como salir de las drogas para un drogadicto». No conozco ninguna manera de sortear ese miedo aparte de pasar por él con la ayuda de otras que también lo han experimentado y ya están al otro lado. Millones de sanadoras y sabias, y los hombres que las han apoyado, han muerto por decir la verdad.

No es extraño que tengamos miedo, dada la historia colectiva de las mujeres. Cuando negamos este miedo o descartamos su presencia en otras, lo único que hacemos es darle más poder. Experimentar el miedo que tenemos colectivamente es un paso muy importante hacia la sanación; no hemos de juzgarlo, ni en nosotras mismas ni en las demás.

Pero cuando cada una reconoce ese miedo, lo siente y pasa por él, le hace mucho más fácil sanar a la mujer siguiente, igual que cuando se bate un récord mundial. Cuando miles de mujeres rompen sus campos de miedo al mismo tiempo, juntas cambiamos el campo morfogenético. A las primeras mujeres que dijeron la verdad sobre las violaciones que sufrieron por parte de su padre u otros parientes, las acusaron de inventarlo. Ahora, cuando una mujer recuerda y habla, sea cual sea la indignidad que ha sufrido, tiene a su disposición apoyo, libros y reuniones. Ya no se siente sola, como si estuviera loca o fuera la única a la que le ha ocurrido esto.

Y entonces, cuando permitimos que la fuerza vital nos oriente la vida, viene el júbilo. Una vez que uno atraviesa ese miedo y comienza a vivir su vida según su sabiduría interior, tiene la oportunidad de crearse una vida basada en la libertad, la dicha y la ocasión. Esto lo he visto repetidas veces y lo he experimentado personalmente. Así pues, anímate. Hay muchísima esperanza, alegría, muchísimo amor a nuestro alrededor, todo el tiempo, cuando nos limpiamos de hábitos del pasado y abrazamos nuestro poder.

En 1993 escribí: «Suelo imaginarme de pie sobre los hombros de todas las mujeres fuertes que vinieron antes que yo, sostenida y apoyada por ellas; mujeres que tuvieron el valor de decir sus verdades aun cuando debieron hacer frente a una enorme oposición. Me tranquilizo pensando “No pueden quemarme ahora. Esta vez somos demasiadas. Esta vez estoy a salvo”». Ahora, en 1997, me alegra decir que no sólo estoy a salvo, sino que soy más libre y más feliz que nunca en mi vida. Recuerdo dónde estaba en 1993 y sonrío con compasión por quién era yo entonces. Y deseo que sepas que diariamente veo mi viaje reflejado en las vidas de las mujeres de todo el mundo.

 

Nuestros sueños, los sueños de la Tierra

 

Las mujeres nos estamos levantando como la levadura en todo el planeta.

SONIA JOHNSON

Cuando sanamos, gracias a sentir nuestras aflicciones y alegrías, sana la Tierra. Parte del surgir de lo femenino que veo producirse en todo el país (y en todo el mundo) es el fortalecimiento de los lazos entre las mujeres. Gwendolyn, una de las mujeres que conocimos antes, decía que gracias a su sanación «han entrado en mi vida hermosas amistades femeninas. Eso nunca me había ocurrido antes porque ponía demasiada energía en los hombres. Ahora está comenzando a surgir una hermandad de mujeres. Cuando una se toma el tiempo necesario para sintonizar consigo misma y con sus necesidades, comienza a producirse esta hermandad».

Yo no podría hacer el trabajo que hago sin el apoyo de mis hermanas de todo el país. Mis amigas y colegas me sostienen. Me siento apoyada y bendecida. Brian Swimme escribió una vez que los seres humanos somos el espacio donde sueña la Tierra. Nuestros sueños personales no son sólo nuestros, son lo que la Tierra sueña a través de nosotras. Los deseos de nuestro corazón son los deseos de la Tierra, son lo que Ella nos pide que hagamos. El sistema adictivo nos ha dicho que «si no duele no vale la pena hacerlo, sin sacrificio no hay beneficio». Pero lo cierto suele ser justamente lo contrario. Si lo que hacemos no nos procura ninguna alegría, ningún placer, ningún sentido de finalidad, ninguna satisfacción, no vale la pena hacerlo. Nuestro estado de salud es el barómetro de esto. Nuestras células saben lo que necesitamos hacer. ¡Escuchémoslas!

Todas las células de nuestro cuerpo responden a nuestros sueños. Estos son necesarios para nuestra salud y para la salud de nuestro planeta. Los sueños que sueña la Tierra a través de ti son distintos de los que sueña a través de mí. Pero yo necesito oír tus sueños y tú necesitas oír los míos, todas necesitamos oír los sueños de las demás mujeres; si no, no tenemos la historia completa. El sistema adictivo ha puesto mucho interés en impedir que nos escuchemos las unas a las otras, durante siglos. Pero ha llegado nuestra hora. Escuchémonos mutuamente.

 

La curación personal es curación planetaria

Durante toda la historia escrita, la Tierra y el mundo natural han sido considerados femeninos, con «recursos vírgenes» para ser «explotados». Lo que les ocurre a las mujeres individualmente y lo que le ocurre a nuestro planeta está ligado. La degradación personal y colectiva de la naturaleza, de las mujeres y de lo femenino está llegando a su fin.

La ciencia, tal como se practica en la actualidad, no nos va a salvar. Le falta la voz de la intuición, la voz femenina, la voz que habla desde nuestro cuerpo. Ahora necesitamos equilibrio. Necesitamos encarnar la sabiduría que se filtra a través de todas nosotras, incluyendo lo que nos dicen nuestra mente corporal y nuestra guía interior.

En la portada de un número reciente de la revista Ms. aparece una multitud de mujeres y el título: «RABIA + MUJERES = PODER». Este mensaje me produjo desagrado, hasta que comprendí el potencial que contenía. Ciertamente, la rabia y la furia de las mujeres silenciadas son poder cuando se usan como combustible para el cambio. Pero deben ser un poder procedente de dentro, un poder totalmente conectado y centrado, no una ira dirigida contra alguien o algo. La ira transformada es poder. La ira transformada es fuerza.

Anne Wilson Schaef escribe: «Como mujeres hemos estado limitadas en lo que podemos hacer, decir, pensar y sentir. Es posible que nos fastidie reconocerlo, pero en el fondo sabemos que hay muchas fuerzas que limitan nuestra vida, fuerzas sobre las cuales no tenemos ningún dominio. Sólo una persona sin sentimientos no sentiría la llama de la ira a veces. Creíamos que sólo teníamos dos opciones: someternos a la autoridad, apoyándola, o luchar contra ella, apoyándola también. De las dos maneras perdemos. Hay una tercera opción: podemos ser nosotras mismas. Podemos ver lo que es importante para nosotras y hacerlo. Y es posible que tengamos que pasar por la rabia primero para poder ejercer esta opción».

Llamar «político» a nuestro trabajo, sobre todo cuando se trata de nuestro cuerpo y de cosas que son «femeninas», es un acto de poder. Si eres madre, créeme, tu trabajo es político. Si eres enfermera, pediatra, cuidadora de niños o cualquier otra cosa, tu trabajo es político. Si estás sanando de un miofibroma o recordando tu incesto, estás haciendo un trabajo político.

Qué alentador es considerar la curación de nuestro cuerpo como algo político. ¡Démosle la importancia que se merece! Gloria Steinem dijo una vez: «Cualquier mujer que está hasta el culo forma parte del movimiento femenino». Me gusta muchísimo esta frase, porque deja espacio para una amplia gama de interpretaciones. Tenemos muchas opciones. Nadie sino tú tiene que definir tu sanación o tu política. ¿Necesitas tomarte seis semanas de baja en el trabajo para sanar de una operación pelviana? Considéralo algo político. Y después, cuando hayas aprendido de esa experiencia, ve si logras canalizar la energía de tu cuerpo hacia un trabajo que sea positivo y afirmador de la vida. O si necesitas tomarte las seis semanas simplemente para disfrutar y conectar contigo misma, ¡eso también es político!

En el epílogo de su libro Burst of Light, sobre su recuperación de un cáncer de mama, la poetisa Audre Lorde escribe: «En mis sueños y en los análisis de mi actividad inmunitaria tuve que examinar los aniquiladores efectos de estirarse demasiado. Estirarme demasiado no es estirarme. Tuve que aceptar lo difícil que es controlar la diferencia. Cuidar de mí no es autocomplacencia, es autoconservación, y eso es un acto de guerra política».

 

En un sistema político que no ha representado los valores femeninos, cada mujer debe representarse a sí misma y convertirse en cabildera de sus necesidades. Cuidar de sí misma lo mejor posible, tenga o no una enfermedad socialmente aceptable, es en efecto un acto de guerra política.

 

Médico, cúrate a ti mismo, otra vez

Mi guía interior conectó conmigo a través de la mente de mi útero cuando estaba escribiendo la primera edición de este libro. Me diagnosticaron un miofibroma que daba al útero el tamaño de unas 13 semanas de embarazo. No tenía ningún síntoma. Llevaba años siguiendo una dieta pobre en grasas y sin productos lácteos. Al principio me entristecí y no quería que nadie lo supiera. Hice duelo por la pérdida de mi útero «normal». Cuando Annie Rafter me hizo el examen pelviano y me dijo lo del miofibroma, lo primero que me pasó por la mente fue: «Será mejor que acabe el libro este año, porque seguro que este tumor tiene relación con él». Mi intuición me dijo que se había comenzado a desarrollar durante las primeras fases del proceso de escribir el libro, hacía dos años. También pensé: «Maldita sea, he estado viendo a demasiadas mujeres con miofibromas, tal vez cogí uno».

Me sentí como si hubiera hecho algo malo, como si en cierto modo hubiera fracasado. Esto me hizo recordar que nuestras emociones no siempre están a la altura de nuestro nivel de desarrollo intelectual. Me hizo sentir humilde. Esa noche, ya en la cama, me coloqué las manos sobre el bajo vientre y le dije a mi útero: «De acuerdo, ahora tengo que tomar mi propio remedio y sintonizar con lo que quieres decirme». Mi útero me dio el siguiente mensaje: «Este miofibroma es un recordatorio de que necesitas aprender a mover con más eficiencia la energía por tu cuerpo. Si ahora te cuidas y prestas atención, evitarás problemas más graves en el futuro. Esta es también una maravillosa oportunidad de enseñar a las demás mujeres con el ejemplo. Ten presente que el trabajo que haces con otras también vale para ti. Siempre has creído que un miofibroma se puede desmaterializar. Esta es tu oportunidad». Medité sobre la creatividad y sobre lo que necesitaba nacer a través de mí.

Al día siguiente comencé un tratamiento con compresas de aceite de ricino y otro de sesiones de acu-puntura, algo que hacía tiempo que deseaba hacer como medida de prevención general. El acupuntor me dijo que tenía en baja forma los meridianos del riñón y del triple calentador, y que llevaban algún tiempo así; eso estaba relacionado con un exceso de trabajo y estrés. Me acordé de una configuración crónica de energía en el lado derecho de mi cuerpo, que en medicina oriental llaman «sangre estancada» o «chi estancado». Las migrañas que tenía antes eran en el lado derecho; una vez Caroline Myss me diagnosticó que perdía energía por la cadera derecha, lo cual se manifestaba en problemas en la cadera; el absceso había sido en la mama derecha, y en esos momentos tenía un miofibroma en el lado derecho del útero.

Todo me ocurría en el lado derecho del cuerpo, el lado «masculino» o yang, y todo estaba relacionado en un sentido energético. Lo que eso significaba para mí era que había sido importante crear fuertes cimientos para mi trabajo y para sacarlo al mundo; esa era mi tarea «masculina». Hasta fines de los años ochenta había tenido miedo de hacerlo, debido a que percibía que el mundo no estaba preparado para oírlo y que sería peligroso para mí. De ahí las repetidas «heridas» en mi lado derecho. El miofibroma era sencillamente la última manifestación, y muy oportuna por cierto, dado mi trabajo con mujeres. A pesar de mi recuperación en marcha de la adicción a las relaciones, me di cuenta de lo mucho que deseaba todavía la aprobación de los demás, y finalmente comprendí lo impotente que soy con respecto a lo que la gente va a pensar de mí. Me quedó claro que el miofibroma estaba relacionado con algo más que el libro y los meridianos agotados. Después de varios meses de acupuntura y compresas de aceite de ricino, el miofibroma seguía creciendo en lugar de reducirse. Tenía que ahondar más en mi aprendizaje. ¿Qué necesitaba saber?

Le pedí a una amiga de confianza que trajera su tarot Motherpeace a la consulta para poder aprovechar su pericia con esas cartas para comunicarme más con el miofibroma. Ella me hizo barajar las cartas, extenderlas y hacer una pregunta. La pregunta que hice fue: « ¿Cuál es la finalidad superior de mi miofibroma?». Teniendo muy clara esa pregunta en la mente, saqué una carta para que me orientara. La carta era el Arcano Mayor número 15, que representa la «esclavitud»; en ella se ve a una persona con cadenas alrededor de las manos, el cuello y las piernas, encadenada a una familia o a un grupo dentro del cual hay luchas de poder.

Después de leer más sobre esta carta y meditar sobre su significado, comprendí que necesitaba cambiar mi relación con mi consulta y mi profesión, que era esclava de una modalidad obsoleta.  Mientras mi corazón deseaba escribir, dar conferencias y enseñar a las mujeres toda una nueva manera de ser en relación con su cuerpo, mi sentido intelectual de la responsabilidad me ordenaba que continuara ejerciendo la medicina de la manera en que me habían enseñado a hacerlo: atendiendo a pacientes en mi consulta, operando y cumpliendo con mis turnos para atender las llamadas de urgencia (¡mi adicción a las relaciones con otro disfraz más!). El miofibroma era una manifestación de mi adicción a la responsabilidad a la manera antigua, que creaba una barrera a las nuevas modalidades creativas que necesitaban expresarse. Comprendí que me hacía falta más libertad; necesitaba cambiar mi trabajo para enseñar más acerca del material de este libro. Necesitaba responsabilizarme de mis sueños más profundos y mi sabiduría interior.

La salud de las mujeres nunca va a cambiar substancialmente a menos que grandes grupos de mujeres comiencen a reclamar y recuperar colectivamente la sabiduría de su cuerpo. Para mí, hacer eso significaba dejar de ser «la doctora» para los cientos de mujeres con quienes había disfrutado tanto trabajando a lo largo de los años. No quería abandonar el ejercicio de la medicina, deseaba transformarlo. Sabía que ya no debía trabajar en la atención primaria con todas sus implicaciones culturales, implicaciones que me tenían encadenada a límites que ya no podía tolerar.

El miofibroma simbolizaba los interminables montones de fichas sobre mi escritorio y el gran número de llamadas telefónicas que exigían mi atención. Tenía que dejar esas cosas y reinventar el ejercicio de la medicina de un modo totalmente nuevo. Comprendí con mayor profundidad que nunca que la atención sanitaria individual, aunque valiosa, tiende a aislar el problema de cada mujer y no deja a los médicos el tiempo necesario para educarla sobre todos los problemas que pueden afectar a su cuerpo y sobre cómo ella tiene el poder para transformarlos. Así pues, decidí enseñar a grupos de mujeres la forma de crear salud día a día.

Escribí una carta a mis pacientes que decía: «No voy a abandonar el ejercicio de la medicina. Lo estoy redefiniendo y ampliando hacia nuevos aspectos que son esenciales para mejorar verdaderamente la salud de las mujeres a largo plazo». Les decía que examinar y diagnosticar una enfermedad (para lo cual me había preparado en la facultad) y crear salud (que era hacia donde me impulsaba mi corazón) son dos cosas diferentes. Tenía que concentrarme en una nueva forma. En mi carta les pedía que pensaran en las siguientes preguntas. A ti te pido que hagas lo mismo:

• ¿Cómo te iría si recuperaras la sabiduría de tu cuerpo y aprendieras a confiar en sus mensajes?

• ¿Cómo sería tu vida si ya no temieras a los gérmenes ni al cáncer?

• ¿Cómo cambiaría tu vida si tu cuerpo fuera tu amigo y aliado?

• ¿Cómo cambiaría tu vida si aprendieras a amar y respetar a tu cuerpo como si fuera una preciada creación tuya, tan valioso como una amiga o un hijo muy queridos? ¿Cómo te tratarías?

• ¿Cómo sería saber, en lo más profundo, que cada parte de tu anatomía y cada proceso de tu cuerpo femenino contienen sabiduría y poder?

Estas son las preguntas que se están haciendo mujeres de todo el mundo, y me alegra informar de que están encontrando respuestas, respuestas que transforman su vida y las de las personas con las que se relacionan.

El miofibroma me sirvió; fue como una patada en el trasero dada por mi cuerpo y mi alma. Me hizo dar un importantísimo paso que tal vez no habría dado en otras circunstancias (al menos, no tan pronto). En 1993 escribí lo siguiente: «Cuando acabé las últimas fases de la escritura y comencé a enseñar a más y más grupos de mujeres, el miofibroma empezó a reducirse gradualmente. Es posible que no desaparezca del todo. Sospecho que se quedará en mi cuerpo a modo de barómetro cuyo tamaño me avisará si estoy siendo fiel o no a mí misma y al trabajo que más quiero».

El miofibroma no desapareció después de la publicación del libro. Continuó allí, y tendía tanto a crecer como a reducirse. Hice en él interminables lecturas, pidiéndole que me enseñara; tuve diálogos con él; traté de amarlo. Entonces comprendí que mi relación con el trabajo era sólo una parte de mi vida. Tenía que revaluar todas mis relaciones, incluyendo las que tenía con mi marido y con mis familiares más inmediatos. Y entonces vi surgir otro comportamiento más: tendía a dejar en suspenso mis necesidades emocionales y creativas hasta que estuvieran satisfechas las de mi marido y mis hijas. Les permitía interrumpirme en mi escritorio en casa y durante mi trabajo, y no fijaba límites claros. Mi marido y yo, sobre todo, teníamos que comenzar el proceso de renegociar todos los aspectos de nuestra relación, puesto que mi éxito lo hacía sentirse «menos que» (el segundo chakra es el centro de las relaciones; los miofibromas representan un desarrollo estancado).

También descubrí mi profunda creencia de que si desarrollaba de veras mi pleno potencial, esas personas más queridas se sentirían amenazadas y dejadas atrás. En consecuencia, me sentía responsable de ayudar a los demás a ser todo lo que podían ser, para que pudieran avanzar conmigo. (O a veces sentía la necesidad de parecer yo «menos que» para no ser amenazadora.)

Justo antes de la Navidad de 1996, el miofibroma creció de tamaño; una ecografía reveló que me producía retención de orina en el riñón derecho. Descubrí que poco a poco había ido adaptando mi vida (y mi vestuario) al miofibroma. Aunque nunca tuve problema con mis reglas y no tenía ningún síntoma, sencillamente me harté de tener el abdomen protuberante; decidí que ya era hora de abandonar mi sueño de desmaterializarlo. Comprendí que yo también tenía la creencia de que era «bueno» usar métodos «naturales» para reducir el miofibroma, pero «malo» buscar la ayuda que con tanta frecuencia yo ofrecía a otras mujeres; había caído de bruces en mi forma de pensar adictiva.

Así pues, decidí operarme el miofibroma, tomar el camino que durante cuatro años había tratado de evitar. Llamé a un cirujano de confianza, al que he enviado a muchas de mis pacientes, y le pedí hora para la extirpación del miofibroma. No se lo conté casi a nadie, pensando que sería mejor para mí contener mis energías, pensamientos y sentimientos acerca de esto. También comencé a tomar un fármaco agonista de las hormonas liberadoras de gonadotropina (Synarel) para reducir el miofibroma con el fin de que la incisión fuera más pequeña (el miofibroma ya tenía el tamaño de un melón cantalupo grande). El Synarel me producía sofocos y decidí que estos, para mí al menos, no eran «oleadas de poder», sino perturbaciones desagradables y sudorosas en mi vida cotidiana. Pero aparte de eso no tuve ningún problema y el miofibroma se redujo muy bien.

Llegó el momento de la operación. Le pedí a mi cirujano y a mi anestesista que me dijeran las cuatro afirmaciones sanadoras (véase la sección sobre cómo prepararse para la operación en el capítulo 16). Además de esas cuatro afirmaciones, le pedí al anestesista que me dijera la siguiente y la repitiera varias veces: «Cuando despiertes ya habrás dejado marchar la actitud emocional relacionada con este miofibroma». La operación fue bien; sólo era un miofibroma grande incrustado en la pared derecha del útero; mi recuperación fue fácil, con muy poco dolor; al día siguiente abandoné el hospital. Durante las tres semanas siguientes, dormí siestas, tuve sesiones de acupuntura, miré películas y descansé. La operación y la recuperación fueron experiencias cumbres para mí, en muchos sentidos. Había afrontado algo que había tratado de evitar —el camino sanador de la cirugía—, y al afrontarlo y pasarlo, había encontrado atención, compasión, habilidad y muchísima sanación. Aunque había deseado poder escribir algún día que había desmaterializado mi miofibroma, en un deslumbrante relámpago de percepción vi que no sería así en mi caso, y que mi aferramiento a eso como un camino «ideal» y «superior» no era otra cosa que materialismo espiritual. (Y sigo creyendo que es posible desmaterializar los miofibromas).

Un mes después de la operación, caminando por el aeropuerto de Pittsburgh, iba pensando en la cantidad de veces que durante una lectura astrológica me han preguntado: « ¿Puede quedarse embarazada ahora? Tiene buenas posibilidades de concebir durante este periodo». Me puse a pensar en la fertilidad y en lo que significa ser una mujer fértil: concebir y dar a luz un hijo o cualquier creación. Entonces se desprendió otra capa de la «cebolla» del miofibroma. (No hubo ninguna experiencia de conversión, simplemente pasaron volando algunas percepciones.) Como mujer fértil y que deseaba ayudar, con una adicción a las relaciones de toda la vida, había estado dispuesta a ayudar a concebir y dar a luz las creaciones de otras personas, porque en alguna parte de mí creía que ellas no podrían hacerlo solas; por lo tanto, les había ofrecido mi útero. Pero al ver que pasaba el tiempo y esas otras personas no eran capaces de continuar solas la gestación de sus creaciones (al menos en mi opinión), me resentí. Entonces esas «creaciones portadas» y el resentimiento que las acompañaba se endurecieron en mi útero. La misma forma de esclavitud de antes, sólo que esta vez tuve una percepción más plena de cómo yo había contribuido a eso. Sinceramente creía que no podía entrar en la plenitud de mi poder sin también arreglarles esa parte a mis seres queridos y a las personas cuyo respeto tanto deseaba.

En ese tranquilo momento de percepción en el aeropuerto, comprendí que realmente me había liberado de la actitud emocional relacionada con mi miofibroma. Comprendí que en el momento de programar la operación había comenzado el proceso de cortar los lazos que sujetaban el miofibroma a su lugar. No importaba cómo se hubiera extirpado el miofibroma; lo que importaba era si también se había extirpado la conciencia que lo creó. Un mes después de la operación, supe, en un plano muy profundo, que mi energía creativa estaba libre y, consiguientemente, también lo estaba mi útero. Había aprendido una gran lección, la que toda mujer necesita aprender a su manera y en su momento: nadie puede crear nada por otra persona; sí se puede apoyar. En última instancia, cada una de nosotras debe aprender a crear sola, para ser libre de vivir de acuerdo con los dictados de su corazón. No podemos crear un mundo nuevo si creemos que debemos seguir siendo pequeñas e ineficaces en cualquier aspecto con el fin de que los demás nos amen o se sientan a salvo con nosotras.

He tenido que aplicar lo aprendido a todas mis relaciones, en todos los aspectos, desde mi relación conyugal a las que tengo con instituciones, por ejemplo hospitales y editoriales. Los problemas en cada situación, grandes o pequeños, son siempre los mismos, y se reducen al mismo miedo: ¿me van a querer si me convierto en todo lo que estoy destinada a ser? La respuesta es «sí». Pero es posible que te encuentres con que te aman personas distintas a las que habías esperado al principio.

 

Hacer seguro el mundo para las mujeres: Comenzar por una misma

Si alguna vez vamos a crear seguridad en el mundo externo, primero hemos de crearnos seguridad en nuestro cuerpo. Si cuando nos desvestimos para acostarnos nos miramos en el espejo y nos reprendemos por el tamaño de nuestros pechos o la celulitis, no estamos haciendo nuestro camino; no estamos a salvo con nosotras mismas. Si no podemos crear dentro de nosotras un espacio seguro para nuestro cuerpo, su forma, su volumen, sus funciones naturales y su peso; si siempre estamos menospreciándolo, matándolo de hambre y enviándole mensajes adversos, ¿cómo podemos esperar que otra persona nos cree salud en el exterior? Y aunque alguien lo hiciera, de todos modos continuaríamos llevando dentro a nuestra terrorista interior.

La verdad es que sólo podemos cambiarnos a nosotras mismas, no a otra persona ni cosa. Eso es bueno, significa que no es necesario esperar a que otra persona lo haga por nosotras. Una amiga mía le regaló a su hija una camiseta con esta frase: « ¿Y si no llega nunca el caballero de brillante armadura?». ¡Qué idea! ¡Qué alivio, en realidad! Después de siglos de que nos dijeran que otra persona podía y debía cuidar de nosotras y que de hecho lo haría, ahora tenemos la oportunidad de aprender a cuidar de nosotras mismas, juntas. En la portada del folleto del Boston Women’s Fund dice: «Las personas a quienes hemos estado esperando somos nosotras». ¿No sientes más energía con sólo leer eso? Podemos comenzar a salvarnos ya. Podemos comenzar a vivir nuestra vida ya.

Cuando nos cambiamos por dentro permitiéndonos experimentar y reconocer nuestras emociones y heridas por tanto tiempo suprimidas, así como nuestras esperanzas y sueños para nosotras, nuestra familia y nuestro planeta, cambian por fuera las condiciones de nuestra vida. El trabajo por los cambios sociales debe ir de la mano con la disposición a sanar dentro de nosotras todos los mensajes interiorizados de culpa, duda y odio por nosotras mismas que llevamos codificados en nuestras células.

De otro modo, nuestros actos salen de lugares interiores no sanos y suelen recrear la polarización y el sufrimiento. Ser conducidas por el espíritu significa vivir en comunicación con nuestra guía interior. Escucha en silencio. ¿Qué necesitas hacer a continuación? Tal vez simplemente estar quieta un rato es la mejor manera de sanar o ayudar. Quizá no hay nada que necesites hacer en este momento. No hay una sola «manera correcta» de sanar el cuerpo. Lo mismo vale para cualquier otro aspecto de la vida.

Cada una debe encontrar su camino sola. Emerson escribió una vez: «La esencia del heroísmo es la confianza en uno mismo». La confianza en uno mismo es más que la esencia del heroísmo; es también la base para confiar en nuestra intuición y en la voz sanadora de nuestras células. Discernir los auténticos mensajes de nuestro yo más profundo (y de nuestras células) no es tarea pequeña. En realidad es un trabajo de héroes.

Hace falta valor para aprender a respetarnos a nosotras mismas y respetar nuestro cuerpo, al margen de las heridas recibidas, de nuestro peso actual, de con quién estemos casadas o de cuáles sean nuestras preferencias sexuales. Las mujeres cuyas historias te he relatado son mujeres corrientes, son mujeres sanadoras. Sus historias son las historias de las heridas y la sanación planetarias. Esas mujeres son mis heroínas.

La autosanación es un proceso muy personal e individual. Requiere un desarme personal, negarse a continuar en guerra con una parte del cuerpo que trata de decir algo. Permite que la carrera armamentista acabe en ti. Una de mis pacientes, miembro de Alcohólicos Anónimos desde hace quince años, resume bella-mente esto: «Cada mañana pido una buena disposición para hacer lo que sea que deba hacer. Y también pido ser enseñable. Ha habido periodos en mi vida en que nadie podía enseñarme nada: yo creía que lo sabía todo. Jamás quiero volver a ser así».

Comprométete a vivir tus sueños día a día. Ese es el proceso que se requiere para sanar a nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro planeta.

Y ahora, te deseo que continúes adelante, a echar una siesta, a abrazar a un hijo, a sentir el sol en la cara, o a comer una buena comida lentamente, sabiendo en el fondo que el siguiente paso para sanar y vivir dichosa ya está ahí, esperando a que lo escuches, esperando a nacer en el mundo, a través de ti, querida mujer.

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